El Gigante egoísta

El Gigante egoísta

Descubre la emotiva historia de 'El Gigante Egoísta', un clásico cuento de Oscar Wilde que nos enseña el valor de la generosidad y el amor. Acompáñanos en este mágico relato lleno de belleza, lecciones de vida y momentos inolvidables, ideal para niños y adultos. Perfecto para disfrutar en familia y reflexionar sobre el poder de compartir y cuidar a los demás. ¡Dale play y sumérgete en este maravilloso cuento!

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Adaptación de Volpi del cuento clásico. · Audio completo: 11 min aprox.

El Gigante egoísta

Había una vez, en un pequeño pueblo, un jardín mágico donde todos los niños iban a jugar después del colegio. El jardín era enorme, con un césped suave y verde como una alfombra.

Había flores de todos los colores, y doce melocotoneros que en primavera se llenaban de preciosas flores rosadas y, en otoño, daban jugosos melocotones.

Los pájaros cantaban tan dulcemente en las ramas de los árboles, que los niños a veces paraban de jugar solo para escucharlos.

—¡Qué felices somos aquí! —

decían los niños mientras corrían y reían.

Un día, el gigante que vivía en un castillo al lado del jardín, regresó de un largo viaje. Había estado visitando a su amigo el ogro de Cornualles durante siete años.

Cuando llegó a su casa, vio a los niños jugando en su jardín.

—¿Qué hacéis aquí?

—gritó con una voz fuerte y áspera.

Los niños se asustaron y salieron corriendo del jardín.

—Este jardín es solo para mí

—dijo el gigante

—Todos deben entenderlo. No permitiré que nadie, excepto yo, disfrute de él.

Entonces, el gigante construyó un muro muy alto alrededor del jardín y puso un cartel que decía:

**PROHIBIDA LA ENTRADA BAJO LAS PENAS LEGALES CORRESPONDIENTES**

El gigante era muy egoísta.

Los pobres niños no tenían ahora ningún lugar donde jugar. Intentaron jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo y piedras afiladas que les hacían daño.

Así que, después del colegio, solían pasearse alrededor del muro y hablar del bonito jardín al otro lado.

Pasaron las semanas y llegó la primavera. En todo el país, los pájaros cantaban y las flores florecían. Pero en el jardín del gigante egoísta, seguía siendo invierno.

Los pájaros no tenían interés en cantar allí y los árboles no querían florecer.

Una vez, una bonita flor asomó su cabeza sobre el césped, pero al ver el cartel del gigante, se entristeció tanto pensando en los niños que se dejó caer al suelo y se volvió a dormir.

Los únicos que estaban contentos eran la nieve y el hielo.

—La primavera se ha olvidado de este jardín

—decían—.

-¡Podremos vivir aquí todo el año!

La nieve cubrió el césped con su manto blanco y el hielo adornó los árboles con su brillo plateado. Invitaron al viento del norte a que viniera a pasar una temporada con ellos.

El viento del norte aceptó la invitación y llegó, envuelto en pieles. Bramaba todo el día en el jardín, derribando chimeneas y soplando furiosamente.

—¡Este lugar es perfecto!

—decía el viento del norte—.

-Invitemos también al granizo.

El granizo llegó y, todos los días, durante tres horas, tocaba su tambor sobre el techo del castillo, rompiendo muchas tejas. Después, daba vueltas alrededor del jardín tan rápido como podía.

—No entiendo por qué la primavera tarda tanto en llegar

—decía el gigante egoísta mientras miraba por la ventana su jardín blanco y frío

—. ¡Ojalá cambie el tiempo!

Pero la primavera no llegaba, y tampoco el verano. El otoño trajo frutos dorados a todos los jardines, pero no al del gigante.

—Es demasiado egoísta

—decía el otoño.

Y así, siempre era invierno en el jardín del gigante. El viento del norte, el granizo, el hielo y la nieve bailaban felices entre los árboles.

Los días pasaban y el gigante se sentía cada vez más solo y triste en su frío y desolado jardín. Sin embargo, no se daba cuenta de que su propia actitud egoísta era la causa de su infelicidad.

Una mañana, mientras el gigante dormía en su gran cama, escuchó una música maravillosa. Sonaba tan dulce que pensó que los músicos del rey estaban pasando por allí.

En realidad, era un pequeño pájaro cantando fuera de su ventana. Como hacía tanto tiempo que no escuchaba un pájaro en su jardín, le pareció la música más hermosa del mundo.

El granizo dejó de golpear el techo y el viento del norte dejó de rugir. Un perfume delicioso llegó hasta él por la ventana abierta.

—Creo que al fin ha llegado la primavera

—dijo el gigante.

Saltó de la cama y se asomó a la ventana. Vio una escena increíble.

Por una brecha en el muro, los niños se habían deslizado dentro del jardín y se subían a los árboles. En todos los árboles que podía ver, había un niño sentado.

Los árboles estaban tan contentos de tener a los niños de vuelta que se habían cubierto de flores y agitaban sus ramas alegremente sobre sus cabezas.

Los pájaros volaban y cantaban con alegría, y las flores reían levantando sus cabecitas sobre el césped.

Era un cuadro precioso.

Sin embargo, en un rincón del jardín, seguía siendo invierno. Allí había un niño muy pequeño que no podía alcanzar las ramas de un árbol y caminaba alrededor llorando amargamente.

El pobre árbol todavía estaba cubierto de hielo y nieve, y el viento del norte seguía soplando sobre él.

—Sube, pequeño

—decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño para alcanzarlas.

El corazón del gigante se enterneció al ver al niño.

—¡Qué egoísta he sido!

—pensó—.

- Ahora entiendo por qué la primavera no ha querido venir aquí. Voy a poner a ese niño en la cima del árbol y luego derribaré el muro. Mi jardín será siempre el lugar de recreo de los niños.

El gigante estaba verdaderamente arrepentido de lo que había hecho. Bajó las escaleras, abrió la puerta de su castillo y salió al jardín.

Pero cuando los niños le vieron, se asustaron y huyeron, dejando el jardín en invierno de nuevo.

Solo el niño pequeño no había huido, porque sus ojos estaban tan llenos de lágrimas que no vio al gigante acercarse. El gigante se deslizó hasta él, lo levantó con cuidado y lo puso en la cima del árbol.

El árbol floreció de inmediato, los pájaros vinieron a posarse y a cantar sobre él, y el niño pequeño extendió sus brazos, rodeó el cuello del gigante y le dio un beso.

Los otros niños, al ver que el gigante ya no era malo, volvieron corriendo. La primavera regresó con ellos.

—Desde ahora, este es vuestro jardín, pequeñuelos —

dijo el gigante con una sonrisa.

Y cogiendo un martillo muy grande, derribó el muro.

A mediodía, los campesinos que iban al mercado vieron al gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que jamás habían visto.

Pasaron el día jugando y, al caer la tarde, los niños se despidieron del gigante.

—Pero, ¿dónde está vuestro amiguito?

—preguntó el gigante—.

-Aquel niño que subí al árbol.

—No lo sabemos

—respondieron los niños—.

-Se ha ido.

El gigante se quedó muy triste.

—Decidle que venga mañana sin falta

—insistió.

Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca antes lo habían visto.

El gigante se sentó y miró su jardín, ahora lleno de vida y risas, pero echaba de menos al niño pequeño que le había mostrado el valor de la generosidad y el amor.

El gigante se hizo muy querido por todos los niños del pueblo. Todos los días, después del colegio, venían a jugar en su jardín, y él jugaba con ellos tan a menudo como podía.

Sin embargo, nunca volvió a ver al niño pequeño que había subido al árbol. Los niños jugaban felices, pero el gigante extrañaba a su primer amiguito.

—¡Cómo me gustaría verle otra vez!

—decía a menudo el gigante, mientras miraba por la ventana.

Pasaron los años, y el gigante envejeció y se debilitó. Ya no podía participar en los juegos de los niños, pero se sentaba en un gran sillón y los observaba con una sonrisa en el rostro.

—Tengo muchas flores bellas

—decía—

pero los niños son las flores más bellas de todas.

Una mañana de invierno, mientras se vestía, miró por la ventana. Ya no odiaba el invierno; había aprendido que era solo el sueño de la primavera y el reposo de las flores. De repente, se frotó los ojos y miró atentamente.

En el rincón más apartado del jardín, vio algo maravilloso. Un árbol estaba cubierto de flores blancas, con ramas doradas y frutos de plata. Bajo el árbol estaba el niño pequeño a quien tanto quería.

El gigante, lleno de alegría, corrió escaleras abajo y salió al jardín. Cruzó el césped y se acercó al niño. Cuando estuvo junto a él, su rostro se llenó de asombro y preocupación.

—¿Quién se ha atrevido a herirte?

—exclamó el gigante.

En las palmas de las manos del niño y en sus pies había señales de clavos.

—¿Quién se ha atrevido a herirte?

—repitió el gigante

—. Dímelo, iré a buscar mi espada y le castigaré.

—No

—respondió el niño

—. Estas son las heridas del Amor.

El gigante sintió un gran respeto y se arrodilló ante el niño.

—¿Quién eres?

—susurró el gigante.

El niño sonrió y dijo:

—Me dejaste jugar una vez en tu jardín. Hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.

Cuando los niños llegaron al jardín aquella tarde, encontraron al gigante tendido bajo el árbol, todo cubierto de flores blancas. Estaba en paz, con una sonrisa en el rostro, y el jardín nunca había sido tan hermoso como en ese momento.

Los niños, comprendieron que el gigante había encontrado su lugar en el Paraíso, donde siempre, sería feliz.

Y esto es todo de momento.

Hasta el Próximo Cuento

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