Desde su cama, Tomás podía seguir casi todo el recorrido del río del cuadro.
Nacía entre dos montañas, atravesaba un bosque y pasaba bajo un puente de piedra. Después rodeaba unas casas y desaparecía en una franja clara.
Aquella noche, Tomás quería saber adónde iba después.
Se incorporó sobre la almohada.
Entonces oyó agua.
Miró hacia la puerta, pero el sonido venía del cuadro. Era un murmullo pequeño, con un ligero borboteo.
En la silla junto al armario había un hombre con un abrigo lleno de bolsillos y unas botas de agua. Señaló una curva del río.
—El agua tropieza con esa piedra. Por eso suena así.
Tomás recogió los pies bajo la manta.
—¿Quién eres?
—Lino. Acompaño a los niños cuando están a punto de dormirse. A veces hay un pequeño viaje antes de llegar al sueño.
—¿Y has venido por el cuadro?
—He abierto un poquito el paso. Escucha.
Tomás distinguió el agua cayendo detrás de la piedra. Después oyó unas hojas.
Lino seguía sentado, esperando. El niño apartó la manta y se acercó al borde de la cama.
—Quería ver dónde termina el río.
—Podemos acercarnos, si quieres.
—¿Por dentro?
Lino le ofreció la mano.
Tomás apoyó un pie en el marco. Al otro lado encontró hierba fresca. Pasó la cabeza, los hombros y, por último, el pie que todavía tenía en la habitación.
Tomás estaba dentro del cuadro.
Una brisa le movió el pelo.
El río corría a pocos pasos. Tenía remolinos, piedras bajo el agua y una ramita que avanzaba dando vueltas.
Tomás se volvió. A través del marco vio su cama y la manta echada hacia un lado. Lino pasó detrás de él y se sacudió una brizna de la bota.
—¿Habías estado aquí?
—En este cuadro, nunca.
Desde la orilla llegó un carraspeo.
Una barca blanca esperaba entre los juncos. Seis cisnes estaban unidos a la proa por unas cintas azules. El más cercano levantó el cuello.
—Buenas noches. Soy Junco. ¿Cuántos pasajeros?
—Dos.
Junco miró detrás de Tomás y Lino.
—Eso parece. A veces dicen dos y luego traen un perro.
Subieron a la barca. Las cintas se tensaron y la orilla empezó a alejarse.
Durante un rato, Tomás contempló las piedras del fondo. Después el agua se volvió más profunda y empezó a reflejar las copas de los árboles.
Entraron en el bosque. Entre las hojas había voces: dos árboles se estaban despidiendo.
—Bueno, te dejo descansar.
—Eso, hasta mañana.
—Hasta mañana.
—Que descanses.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
—Mañana recuérdame que te cuente lo del pájaro.
—¿Qué pájaro?
Junco dejó escapar un soplido y siguió nadando.
—Llevan despidiéndose toda la tarde.
Las voces fueron quedando atrás. Un pez plateado, con una aleta torcida, apareció junto a la barca y les preguntó:
—¿Venís de fuera del cuadro?
—De mi habitación.
—¿De tu habitación? ¿Y allí llueve?
—Pues dentro no. Pero fuera, al otro lado de la ventana, a veces sí.
—¿Cómo suena?
Tomás tuvo que pensarlo. Recogió unas gotas con la mano antes de responder.
—En el cristal hace tac, tac, tac. En las hojas es más suave. Y en los charcos…
Dejó caer las gotas. El pez se sumergió y volvió a asomar bajo sus dedos, esperando más.
Tomás repitió el gesto. El pez siguió los pequeños círculos que se abrían en el agua y se despidió con un movimiento de su aleta torcida.
Al pasar bajo el puente, el murmullo del río se volvió hondo y redondo.
Después aparecieron las casas. Alguien cerraba unas cortinas. De una cocina salía olor a pan. En el jardín, un hombre guardó una escalera y fue apagando las lámparas de los caminos.
Cuando doblaron la curva, solo quedaba una luz junto a su puerta.
El río se estrechó.
Delante estaba la franja clara que Tomás había tomado por niebla. Pero allí nada flotaba en el aire.
Las hierbas terminaban de golpe. Una piedra tenía un lado gris y el otro blanco. Más allá, la corriente perdía el color.
Y el sonido.
Solo quedaban el roce de las cintas y el crujido de la barca.
Junco giró el cuello hacia sus pasajeros.
—Final del recorrido. Y del cuadro.
—¿Qué hay después?
—Después, nada pintado. Nosotros damos la vuelta aquí.
Lino se acercó a la proa. En la superficie blanca se distinguían unos hilos diminutos, cruzados unos sobre otros.
—El pintor llegó hasta aquí.
Tomás miró el espacio vacío.
—A lo mejor el río iba al mar.
Imaginó barcos de velas rojas, una isla y una ballena enorme. Esperó, pero nada cambió.
Lo intentó otra vez, cerrando los ojos. Cuando los abrió, todo seguía blanco.
Lino se sentó a su lado.
—¿Has estado alguna vez en el mar?
—Sí. Con mi padre. Había una playa de piedras.
—¿Cómo sonaba?
Tomás buscó aquella playa en su memoria.
Habían dejado los zapatos encima de una roca y se habían sentado juntos en la orilla. Su padre le apretaba la mano mientras esperaban a que una ola pequeña les cubriera los tobillos.
—Primero subía el agua. Se metía entre las piedras. Y después…
Al retirarse, la ola arrastraba las más pequeñas. A Tomás se le escapó un bostezo y Lino se desperezó a su lado.
Cerró los ojos. Recordó el agua fresca, los pies de su padre al lado de los suyos y la espuma entre las piedras.
Entonces lo oyó.
Un rumor menudo, de piedrecitas acomodándose cuando el agua se retiraba.
En el borde del espacio blanco apareció una orilla. Una ola pequeña llegó hasta ella, se extendió despacio y volvió a bajar.
Las piedras sonaron otra vez.
—Eso. Sonaba así.
La corriente recuperó su murmullo. Ahora encontraba un camino hacia una pequeña cala, protegida por unas rocas bajas.
Tomás recordó la brisa de aquella playa.
El aire rozó las cintas azules.
Más allá de la cala, el blanco fue tomando un color entre gris y azul, hasta un horizonte que apenas se distinguía.
Junco miró la piedra junto a la que siempre había girado. Adelantó el cuerpo y nadó un poco. Luego se detuvo para comprobar que los demás lo seguían.
Los seis cisnes cruzaron despacio el lugar donde acababa el cuadro.
En la cala, la barca empezó a mecerse. Junco encontró un rincón resguardado y aflojó su cinta. Sus compañeros hicieron lo mismo.
A lo lejos quedaba mucho espacio por descubrir. Quizá hubiera otras playas.
Miró a Lino.
—Me gustaría volver a la cama.
Los cisnes giraron la barca y emprendieron el regreso.
En el jardín, las lámparas estaban apagadas. Las ventanas de las casas permanecían cerradas.
Bajo el puente, Tomás escuchó el agua.
El pez de la aleta torcida descansaba entre las plantas. Abrió un ojo al verlos pasar y volvió a cerrarlo.
En el bosque, los árboles ya se habían dado las buenas noches.
Cuando llegaron al embarcadero, Lino bajó y sujetó la barca. Tomás acarició el cuello de Junco.
—Gracias por llevarnos.
—He dejado la cala bien tranquila.
Lino acompañó al niño hasta el marco. Tomás lo cruzó y Lino se quedó en la orilla.
Tomás encontró el borde de su cama y se metió bajo la manta.
Desde la almohada, el cuadro volvía a ser pequeño. Allí estaban el bosque, el puente y las casas. Al fondo se distinguía una curva de agua azul.
Dentro del cuadro, Lino levantó la mano para despedirse. Tomás lo miró desde la almohada.
—¿Se seguirá oyendo?
—Escucha.
El niño cerró los ojos.
Muy lejos, dentro del marco, una ola llegó a la orilla.
Las piedrecitas se movieron suavemente.
Y Tomás se quedó dormido.
Y eso es todo, de momento.
Hasta el Próximo Cuento.

El río del cuadro
Una noche, Tomás oye el murmullo del río que aparece en el cuadro de su habitación. De la mano de Lino, entra en la pintura y sube a una barca guiada por seis cisnes. Entre árboles que conversan y un pez curioso, emprende un viaje para descubrir adónde va el río. Una aventura tranquila para escuchar antes de dormir.
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Autor/a
👤
Hans Christian Andersen