Gretel, la lista

Gretel, la lista

Una cocinera tan golosa como ingeniosa recibe el encargo de preparar dos deliciosas perdices para un invitado muy especial. Pero mientras espera su llegada, Gretel no puede resistirse al aroma del asado… ni a bajar a la bodega a por unos traguitos de vino. Entre bocados, excusas y un plan improvisado, el banquete acaba convirtiéndose en un divertido enredo lleno de malentendidos, carreras y orejas en peligro. Un cuento clásico con mucho humor y travesuras, perfecto para disfrutar entre risas y descubrir hasta dónde puede llegar alguien para salir de un buen lío.

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Gretel, la lista

Había una cocinera que se llamaba Gretel. Llevaba zapatos con tacones rojos, y cuando salía con ellos se daba vueltas y más vueltas. Ella tan contenta pensaba:

“¡Qué chica tan guapa eres!”.

Y cuando volvía a casa, de alegría se tomaba un trago de vino; y como el vino también abre el apetito, probaba lo mejor de lo que cocinaba, hasta quedar bien llena:

“La cocinera tiene que saber a qué sabe la comida”.

Sucedió que un día el señor de la casa le dijo:

—Gretel, esta noche viene un invitado: prepárame dos perdices bien ricas.

—Ahora mismo, señor.

Entonces preparó las perdices, las limpió, las ensartó en el asador y, al caer la tarde, las puso al fuego para que se asaran. Las perdices empezaron a ponerse doradas y a quedar en su punto, pero el invitado aún no había llegado.

—Señor, si el invitado no viene, tendré que apartar las perdices del fuego; pero es una pena y una lástima que no se coman pronto cuando están en su mejor jugo.

—Pues voy yo mismo a buscar al invitado.

Gretel apartó el asador con las perdices:

“Estar ahí plantada junto al fuego hace sudar y da sed; ¡quién sabe cuándo vendrán! Mientras tanto, bajo a la bodega y me tomo un traguito”.

Bajó corriendo, acercó una jarra:

“¡Dios te bendiga, Gretel!”

y pegó un trago.

“El vino tira del vino, y no hay que quedarse a medias”

y se tomó otro trago bien serio.

Después volvió y puso de nuevo las perdices al fuego, las untó con mantequilla y dio vueltas al asador con alegría.

Pero como el asado olía tan bien, pensó Gretel:

“Igual le falta un punto… ¡Habrá que probarlo!”.

Se chupó el dedo y dijo:

“Ay, qué buenas están las perdices… ¡Es pecado y vergüenza no comérselas ahora mismo!”

Corrió a la ventana a ver si el señor venía ya con el invitado, pero no vio a nadie.

“Se me va a quemar un ala; mejor me la como yo”.

Entonces la cortó, se la comió y le supo muy bien.

“La otra también tiene que caer, si no, el señor notará que falta algo”.

Cuando se hubo zampado las dos alas, volvió a asomarse para ver al señor, y no lo vio.

“¡Vete tú a saber! Igual no vienen y se han parado en algún sitio”.

“¡Ea, Gretel, anímate! Ya que has empezado: te tomas otro trago fresquito y te la terminas. Cuando se acabe, te quedas tranquila. ¿Por qué iba a echarse a perder el buen don de Dios?”.

Así que corrió otra vez a la bodega, volvió con la jarra, se tomó un trago como Dios manda y se comió la perdiz entera, tan contenta.

Cuando la perdiz desapareció y el señor aún no llegaba, Gretel miró la otra y dijo:

“Donde está una, tiene que estar la otra. Lo que es justo para una, lo es para la otra. Yo creo que si me tomo otro trago, no me hará daño”.

Se tomó otro trago de los buenos y dejó que la segunda perdiz siguiera el camino de la primera.

Mientras estaba en plena comilona, apareció el señor:

—Date prisa, Gretel, que el invitado viene enseguida.

—Sí, señor, ahora mismo lo preparo

El señor miró entonces si la mesa estaba bien puesta; cogió el gran cuchillo con el que iba a trinchar las perdices y lo comenzó a afilar en el pasillo.

En ese momento llegó el invitado y llamó con educación a la puerta de la casa.

Gretel corrió a ver quién era y, cuando vio al invitado, se llevó un dedo a los labios y dijo:

—¡Shhh! ¿Escucha eso?

El sonido del cuchillo afilándose llegaba amortiguado.

Váyase deprisa, vuelva por donde ha venido; si mi señor le pilla, está perdido. Sí, le ha invitado a cenar… pero lo único que tiene en la cabeza es cortarle las dos orejas.

—¡¿Cortarme las orejas?! ¡Ni hablar!

El invitado bajó las escaleras a toda prisa.

Gretel no se quedó quieta: corrió gritando hacia el señor:

—¡Menudo invitado me ha traído usted!

—¡Pero bueno, Gretel! ¿Por qué? ¿Qué quieres decir?

—Pues sí. Ese me ha quitado de la fuente las dos perdices que iba a sacar a la mesa y se ha largado con ellas.

—¡Pero qué maneras! ¡Si al menos me hubiera dejado una, para que me quedara algo que comer!

Entonces el señor corrió detrás de él, con el cuchillo aún en la mano:

—¡Solo una! ¡Solo una!

—¡Ni una ni ninguna! ¡Mis dos orejas se vienen conmigo!

Y corrió el invitado como si tuviera fuego bajo los pies, para poder llevarse las dos a casa.

No todos comieron perdices, pero al final, el invitado pudo salvar las dos orejas.

Y esto es todo, de momento.

Hasta el Próximo Cuento.

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