La Oca de oro

La Oca de oro

A quien todos llaman Simplón nadie lo toma en serio, pero su buen corazón le traerá una suerte extraordinaria: una oca de plumas de oro. Cuando varias personas quedan pegadas a ella, comienza una disparatada procesión que llevará a Simplón hasta el palacio real, donde tendrá que superar las pruebas de un rey decidido a impedir que se case con la princesa.

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Érase una vez tres jóvenes hermanos que vivían con sus padres en una sencilla casa de campo. El más joven era conocido como “Simplón”, y todos lo despreciaban, se burlaban de él y lo dejaban siempre de lado.
Un día el hijo mayor fue al bosque a cortar leña, llevando un buen pastel de huevos y una botella de vino que su madre le había preparado.
Cuando llegó al bosque, se encontró con un viejecillo gris que le dio los buenos días y dijo:
—Por favor, dame un pedazo de tu pastel y déjame beber un trago de tu vino; tengo mucha hambre y mucha sed.
Pero el hijo respondió:
—Si te doy mi pastel y mi vino, yo me quedaré sin nada. ¡Lárgate!
Y dejando al viejecillo allí plantado, se fue.
Empezó a talar un árbol y no pasó mucho tiempo hasta que dio un mal hachazo, haciéndose un corte en el brazo.
Y así regresó a casa para que se lo vendaran.
Fue el segundo hijo al bosque a completar la tarea, y la madre le dio también un pastel de huevos y una botella de vino.
Igualmente se encontró al viejecillo gris, que le pidió lo mismo que al mayor para saciar su hambre y su sed. Pero el segundo hijo dijo, muy razonable:
—Lo que te dé, me faltará a mí. ¡Lárgate!
Dejó al viejecillo allí y se fue.
Tras un par de hachazos al árbol, se cortó la pierna y volvió a casa como pudo.
Entonces dijo el Simplón:
—Padre, déjame ir a mí a cortar leña.
—Tus hermanos se han hecho daño. Déjalo, tú no entiendes de eso.
—¡Por favor!
—Ve anda… después de todo con los golpes se aprende.
La madre le dio un pastel que había sido cocido en la ceniza con agua, y una botella de cerveza agria.
Cuando llegó al bosque, se encontró con el viejecillo gris, que lo saludó y le dijo:
—Dame un pedazo de tu pastel y un trago de tu botella; tengo mucha hambre y mucha sed.
—Solo tengo pastel de ceniza y cerveza agria, pero si te parece bien, sentémonos y comamos.
Se sentaron, y cuando el Simplón sacó su pastel de ceniza, resultó ser un fino pastel de huevos, y la cerveza agria se convirtió en un buen vino. Así que comieron y bebieron
—Como tienes buen corazón y compartes con gusto lo tuyo, voy a traerte suerte. Allí hay un árbol viejo: derríbalo, y en sus raíces encontrarás algo.
El Simplón fue y derribó el árbol.
Entonces vio en las raíces una oca cuyas plumas eran de oro puro.
La sacó, se la llevó y fue a una posada para pasar la noche.
El posadero tenía tres hijas, y en cuanto vieron las plumas de oro puro, les brillaron los ojos.
“En cuanto pueda, le arranco una pluma.”
Pensó la mayor.
Y, cuando el Simplón salió un momento, la muchacha agarró la oca por un ala… pero su mano se quedó pegada.
—¿Cómo…?
—¡Oye! ¡Que no me suelto!
Entonces llegó la segunda, con la vista clavada en las plumas.
—A ver… déjame ver…
Y apenas tocó a su hermana…
—¡Ay! ¡Yo también!
La tercera se acercó a ver qué pasaba.
—¡Ni se te ocurra!
—¡No te acerques!
—¿Por qué? Si vosotras estáis ahí, yo también puedo.
Y, en cuanto tocó a su hermana…
—¡Ah…! ¡Por qué no me habéis avisado!
Las tres pasaron la noche allí, pegadas a la oca, tirando, empujando y murmurando entre dientes.
A la mañana siguiente, el Simplón se colgó la oca en brazos y se marchó tan tranquilo, sin mirar atrás cantando una tonadilla.
Las tres muchachas tuvieron que ir detrás, pegadas y dando pasitos rápidos, intentando aguantar los repentinos movimientos del Simplón.
—¡Espera!
—¡Shh…! ¡Creo que aún no se ha dado cuenta!
—¡Esto es indigno…!
Este tan pronto como se ponía a andar…
Se volvía a parar.
—¡Ay!
Escudriñaba el horizonte…
Y bruscamente comenzaba otra vez la marcha.
—¡Au!
Así estuvieron un largo rato, Simplón al frente y las hermanas tirando la una de la otra, hasta que, en mitad del campo, se toparon con el cura. Al ver aquella fila, frunció el ceño.
—¡Qué vergüenza!
—¿Cómo corréis detrás de un mozo por el campo? ¡Eso no es decente!
Y agarró a la más joven de la mano para apartarla.
—¡Padre, no…!
Pero en cuanto el cura la tocó…
—¡Ay! ¿Qué… qué clase de…?
Las tres muchachas lo miraron.
—Ya somos cuatro.
—¡Bienvenido!
No tardó en aparecer el sacristán, que vio al cura siguiendo a las muchachas, sin poder soltarse. Abrió los ojos como platos.
—¡Señor cura! ¿Pero a dónde va? ¡No olvide que hoy tenemos un bautizo!
Corrió hacia él y no tardó en unirse a aquella extraña procesión.
Entonces vieron venir a dos campesinos: uno con una azada y otro con una bota de vino.
—¡Por favor! ¡Venid y soltadnos!
—¿Soltaros? ¿Cómo que soltaros…?
Tocaron al sacristán y…
—¡Nooo!
—¡Nooo!
—¡Nooo!
—¡Nooo!
—¡Vaya…! ¿Y ahora como abro mi bota?
Y así, sin remedio, ya eran siete los que caminaban detrás del Simplón y de la oca de oro.
De pronto se dio la vuelta y vio aquella extraña comitiva.
—¡Esperad!
"¿De dónde salís vosotros?
¡Qué gente más curiosa! Pero bueno, si quieren seguirme, que lo hagan. ¡Es un país libre!"
—Pues venga.
—Adelante.
Llegaron a una ciudad donde reinaba un rey que tenía una hija tan seria que nadie conseguía hacerla reír. Por eso había decretado una ley:
—Quien logre hacerla reír, se casará con ella.
Cuando el Simplón lo oyó, se fue a ver a la princesa con su oca y toda la comitiva pegada.
—¿A dónde vamos?
—¡Ssshh! Tú no preguntes, solo sigue al Simplón.
—Parece que vamos al palacio real.
Allí fueron y Simplón, apareció caminando deprisa.
Se paró en seco.
—¡Que me caigo!
Hizo una honda reverencia.
Sus acompañantes imitaron torpemente sus movimientos hasta caer al suelo.
—¡ay!
El Simplón la pidió por esposa. Pero al rey no le gustaba aquel futuro yerno; así que dijo que primero debía traerle a un hombre capaz de beberse un sótano entero de vino.
—Es indignante, el rey debería cumplir su palabra.
—Simplón se ha ganado a la princesa.
—Yo puedo ayudar con eso del vino, solo digo…
El Simplón pensó en el viejecillo gris del bosque, que quizá podría ayudarlo.
—¡Al bosque!
—¡Al bosque!
—¡Al bosque!
—¡Al bosque!
—¡Al bosque!
Justo en el lugar donde había derribado el árbol, vio a un hombre sentado con cara tristísima. El Simplón le preguntó qué le afligía tanto
—Tengo una sed enorme y no puedo apagarla. El agua fría no la tolero; he vaciado un barril de vino, pero eso es como una gota sobre una piedra ardiendo.
—Yo puedo ayudarte. Ven conmigo, y tendrás de sobra.
Lo llevó al sótano del rey y el hombre bebió y bebió hasta que le dolían las caderas, y antes de que pasara un día, se había bebido todo el sótano.
El Simplón volvió a pedir a la princesa. Pero el rey se enfadó aún más de que un pobre muchacho, al que todos llamaban Simplón, se llevara a su hija, así que dispuso lo siguiente:
—Debes encontrar a un hombre capaz de comerse una montaña entera de pan.
—¡Eso no era lo acordado!
—Simplón se merece algo mejor.
—¿Es que ya nadie cree en el amor?
El Simplón no lo pensó mucho y volvió al bosque.
—¡Al bosque!
—¡Al bosque!
—¡Al bosque!
—¡Al bosque!
—¡Al bosque!
Allí, en el mismo lugar, estaba sentado un hombre que se apretaba el vientre con un cinturón y decía:
—Me he comido un horno entero de pan duro rallado, pero de nada sirve cuando uno tiene un hambre tan grande: mi estómago sigue vacío y no parece que se vaya a llenar nunca.
—Ven conmigo; ¡comerás hasta hartarte!
Lo condujo al palacio del rey. El rey había mandado reunir toda la harina del reino y había hecho hornear un montón enorme.
Pero el hombre del bosque se plantó delante, empezó a comer y, en un solo día, desapareció toda la montaña.
El Simplón pidió por tercera vez la mano de la joven. Pero el rey aún buscó una última escapatoria:
—Quiero una última cosa. Consigue un barco que pueda navegar por tierra y mar. Como sabrás son bastante comunes… Cuando llegues navegando con él, te daré mi bendición.
—¡¿Cómo?! ¡No existe tal barco!
—Al final Simplón no tendrá un final de cuento.
—Yo creo que una vez vi uno de esos barcos…
Fueron derechos al bosque y allí estaba el viejecillo gris, aquel a quien él había dado de comer. El viejecillo le dijo:
—Te he ayudado porque fuiste compasivo conmigo, y lo volveré a hacer para que me estés agradecido como yo lo estoy de ti.
Y le entregó un barco que podía ir por tierra y por agua.
Cuando el rey lo vio, ya no pudo negarse más y se celebró la boda, a la que acudieron todos sus seguidores, los cuales hacía tiempo que se habían despegado de la oca, pero querían ver el desenlace de las aventuras de Simplón.
Al morir el rey, el Simplón heredó el reino y vivió mucho tiempo feliz con su esposa, a quien siempre hizo reír.
Y esto es todo, de momento.
Hasta el Próximo Cuento.