La princesa y el guisante

La princesa y el guisante

Un príncipe recorre el mundo en busca de una princesa de verdad, pero ninguna parece ser exactamente lo que espera. Hasta que, una noche de tormenta, una joven empapada llama a las puertas del palacio asegurando ser una auténtica princesa. La reina, todavía con dudas, ideará una curiosa prueba para descubrir la verdad: una enorme cama, veinte colchones, veinte edredones… y un diminuto guisante escondido bajo todos ellos. Una adaptación tranquila y delicada del clásico cuento de Hans Christian Andersen, perfecta para disfrutar de una historia sencilla, divertida y llena de encanto.

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Había una vez un príncipe que quería casarse con una princesa. Pero no con cualquier princesa. Tenía que ser una princesa de verdad.
Viajó por todo el mundo buscándola. Princesas encontró muchas, sí… pero siempre había algo que no acababa de encajar. Algo pequeño. Difícil de explicar.

Así que regresó a casa, triste, deseando de corazón encontrar a una princesa auténtica.

Una noche, cuando una tormenta sacudía el cielo y la lluvia caía sin descanso, alguien llamó a la puerta del palacio.
El viejo rey fue a abrir.
Allí, bajo la lluvia, estaba una joven empapada. El agua le caía por el pelo, por la ropa, por los zapatos… Y aun así, dijo con voz tranquila:
—Soy una princesa.
La vieja reina la observó en silencio. No dijo nada. Solo pensó:
—Eso ya lo veremos.
La reina fue a preparar la habitación. En la cama puso veinte colchones… y sobre ellos, veinte edredones de plumas. Pero bajo toda esa montaña de algodón, añadió un pequeño guisante.
Allí tendría que dormir la princesa aquella noche.
La princesa entró en el dormitorio, tan cubierto de colchones y edredones que parecía una nube. La estancia estaba en calma. La tormenta había quedado atrás.
Todo invitaba, al fin, a descansar.
Se acomodó con cuidado en la cama y cerró los ojos. Todo parecía estar en orden.
Pero algo la incomodó de pronto.
—Qué extraño…
No era un ruido fuerte. Ni un sobresalto. Era apenas una pequeña presencia. Casi imperceptible.
La princesa dio una vuelta. Buscó una postura más cómoda. Cerró los ojos… y respiró despacio.
—Debe de ser mi imaginación.
Por un instante, creyó que lo había conseguido. El sueño estaba a punto de llegar.
Pero no.
Algo seguía ahí.
Se giró de nuevo. Muy, muy despacio. Como si el sueño pudiera romperse.
—No es incómodo… pero…
Se intentó relajar. Abrió la ventana.
Se tumbó de nuevo.
Escuchó la brisa.
El leve agitar de las cortinas.
Un lejano ulular.
Por momentos, parecía funcionar.
Pero siempre había algo. Algo pequeño. Algo que no debería estar ahí.
—Qué extraño…
Cuando por fin amaneció, la princesa se levantó cansada.
—¿Qué tal habéis dormido?
—Horriblemente mal. Apenas he podido pegar ojo. He estado acostada sobre algo duro… y tengo todo el cuerpo dolorido.
Entonces la reina sonrió.

Había notado el guisante a través de los veinte colchones y los veinte edredones. Solo una princesa de verdad podía ser tan delicada.
El príncipe, al saberlo, se alegró enormemente. Por fin había encontrado a una princesa auténtica.
Se casaron poco después. Y el guisante fue guardado en el gabinete de curiosidades.
Y así supieron que era una verdadera princesa.

Y esto es todo, de momento.
Hasta el Próximo Cuento.

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