Los elfos y el zapatero
Érase una vez un zapatero que trabajaba sin descanso.
Arreglaba botas. Arreglaba zapatos. Arreglaba todo lo que le traían.
Pero, aun así, poco a poco se fue quedando sin dinero.
Un día, solo le quedaba cuero para un par de zapatos.
—Haré este último par lo mejor que pueda. Luego… Dios dirá.
Cortó el cuero con cuidado.
Puso las piezas sobre la mesa.
Y ordenó sus herramientas.
—Mañana los coseré…
—murmuró, cansado.
Y, con la conciencia tranquila, se encomendó a Dios y se fue a dormir.
Aquella misma noche, cuando la casa quedó en silencio, dos pequeñas sombras se deslizaron por la puerta del taller.
Eran diminutos. Descalzos. Rápidos como un susurro.
—Date prisa.
—Más rápido tú.
Saltaron a la mesa del zapatero y miraron las piezas de cuero.
—Qué cuero tan fino.
—Qué trabajo tan limpio.
Entonces, canturreando bajito, comenzaron a trabajar:
—Corta, cose, brilla el cuero,
—Esta noche habrá dinero.
—¡Para el buen zapatero!
—¡Para el buen zapatero!
Sus manitas iban y venían. La aguja subía y bajaba. El hilo corría sin enredarse.
Y, mientras el zapatero dormía, en su taller, la magia se encendía.
Puntada a puntada, los elfos cosieron el último trozo de cuero hasta que despuntó el día.
A la mañana siguiente, el zapatero se levantó, dijo sus oraciones y fue hacia la mesa para empezar a trabajar.
Pero allí no había piezas sueltas.
Había unos zapatos terminados. Perfectos. Brillantes.
—¡Pero bueno!
¿Quién ha hecho esto?
Los miró por delante, por detrás y por los lados. No había una sola puntada fuera de sitio.
—Son… ¡una maravilla!
Al poco tiempo apareció un cliente. Se probó los zapatos. Caminó un poco.
—Son comodísimos.
—Y muy elegantes.
Quedó tan contento que pagó más de lo normal por ellos.
—Con esto puedo comprar cuero para dos pares de zapatos.
Aquella noche, cortó el cuero para dos pares, lo dejó preparado en la mesa… y volvió a acostarse con buen ánimo.
—Mañana me pondré a coser
Pero, mientras él dormía, alguien más se puso manos a la obra.
De nuevo, las dos pequeñas sombras se colaron en el taller.
—Más cuero.
—Más trabajo.
—¡Más zapatos!
—¡Más zapatos!
Subieron a la mesa, moviendo los pies descalzos.
—Salta, aguja, suave, suave.
—Que este zapato nunca clave.
—¡Cose, cose, zapatero, que mañana habrá dinero!
—¡Cose, cose, zapatero, que mañana habrá dinero!
Y, mientras el pueblo dormía, en el taller del zapatero la magia se encendía.
Puntada va. Puntada viene.
Cuando el zapatero se despertó al día siguiente, los dos pares de zapatos estaban terminados sobre la mesa, tan perfectos como los primeros.
Los clientes llegaron, se los probaron, y quedaron encantados.
Pagaron bien. Pagaron contentos.
Y así el zapatero pudo comprar cuero para más zapatos todavía.
Pasó el tiempo.
Cada noche, él cortaba el cuero y lo dejaba listo sobre la mesa.
Cuando la casa se quedaba en silencio, las dos pequeñas sombras aparecían en el taller y trabajaban sin descansar.
Y mientras el pueblo dormía, en el taller del zapatero la magia se encendía.
Los zapatos quedaban tan bonitos, tan suaves, tan cómodos, que nunca le faltaron clientes.
El zapatero ya no estaba triste. Su mujer ya no estaba preocupada. Los dos vivían mucho mejor.
Un día, cuando ya no eran pobres y se acercaba la Navidad, la mujer del zapatero dijo:
—Escucha… Llevamos muchas noches dejando el cuero cortado. Por la mañana los zapatos aparecen hechos. Tenemos que saber quién nos ayuda.
—Tienes razón. Esta noche no nos iremos a dormir. Nos esconderemos y esperaremos a ver qué pasa.
Cuando llegó la noche, dejaron el cuero preparado sobre la mesa, apagaron la luz del taller y fingieron irse a la cama.
Pero no se durmieron.
Se ocultaron detrás de una cortina, muy quietos, conteniendo la respiración.
La casa se quedó en silencio.
Entonces, cerca de la medianoche, oyeron un crujido suave en la puerta.
Dos pequeñas figuras se deslizaron dentro del taller.
Eran los elfos.
El zapatero y su mujer abrieron mucho los ojos.
Los elfos estaban en ropa vieja, con pantalones rotos y camisitas llenas de agujeros.
Iban descalzos, con los deditos helados, pero reían bajito mientras corrían hacia la mesa.
—Qué cuero tan fino.
—Qué trabajo tan limpio.
—El zapatero cada vez corta mejor.
Se subieron a la mesa y empezaron a coser con toda su energía.
Sus manitas iban y venían. La aguja subía y bajaba. El hilo corría sin enredarse.
Puntada va. Puntada viene.
El zapatero y su mujer se miraron, conmovidos.
—Pobrecitos. Nos han sacado de la pobreza y mira cómo van vestidos.
—Tenemos que darles las gracias.
—¡Y no con palabras!
Al día siguiente, muy temprano, se pusieron manos a la obra.
Entre los dos, midieron, cortaron y cosieron hasta que estuvieron satisfechos.
La mujer del zapatero hizo dos pequeños conjuntos:
Chaquetitas con botones brillantes. Pantalones sin un solo roto. Gorritos calentitos para la cabeza.
El zapatero hizo dos pares de zapatos diminutos, tan bien hechos como los que vendía en la tienda.
—Esto será nuestro regalo
—Nuestra forma de decir “gracias”
Aquella noche, en lugar de cuero cortado, dejaron los trajes y los zapatos sobre la mesa del taller.
Luego apagaron la luz y volvieron a esconderse detrás de la cortina.
Todo quedó en silencio.
Hasta que, una vez más, dos pequeñas sombras se deslizaron por la puerta.
Los elfos corrieron hacia la mesa y se quedaron quietos de golpe.
—¿Y el cuero?
—¿Y el trabajo?
En lugar de cuero, encontraron las ropitas dobladas y los zapatos diminutos, brillando en la oscuridad.
—¡Para nosotros!
—¡Son para nosotros!
Rápidos y felices, se vistieron allí mismo.
—¡Mira cómo suenan!
—¡Mira cómo saltan!
Los dos elfos empezaron a bailar, dando vueltas y más vueltas.
—Ahora estamos elegantes, ya no somos callejeros.
—Con ropa nueva y zapatos, somos dos grandes caballeros.
Dieron un último salto, bajaron de la mesa y salieron de la casa para no volver más.
Y así el zapatero y su mujer vivieron, dichosos y sin pasar hambre ni miedo, con pan, trabajo y dinero, gracias a la ayuda secreta de los elfos del zapatero.
Y esto es todo, de momento.
Hasta el Próximo Cuento.
