¿Pero es que esta noche no se terminará nunca?
Hace frío, todo está sumido en la penumbra y en los pasillos suenan cosas que no parecen andar con pies normales.
¡Este castillo está lleno de extrañas personas que aparecen y desaparecen sin el menor sentido!
Es mi tercera noche y puedo asegurar que aquí a uno le ocurren las cosas más curiosas.
Pero yo me he encendido un buen fuego y, mientras me caliento, pienso más o menos lo mismo de siempre:
—A ver si esta vez sí.
Porque la verdad, amigos míos, es que llevo mucho tiempo detrás de algo que para todos es normal, pero yo no he aprendido nunca:
El miedo.
Lo mejor será que comience por el principio, que si no me lío.
Me llamo Juan, y en mi casa siempre han dicho que no sirvo para gran cosa.
Mi hermano mayor, en cambio, es listo. Si hay que hacer un recado, lo hace. Si hay que hablar con alguien, habla. Si mi padre necesita ayuda, allá va él dispuesto.
Yo no. Yo cuando voy a hacer un encargo, me distraigo con una mosca. Digamos que me quedo delante de las cosas mirándolas fijamente… y no las entiendo.
Y con el miedo especialmente. Todo el mundo habla de él como si fuera una cosa emocionante. Unos dicen que lo sienten al pasar junto al cementerio.
Y otros se ponen a temblar con solo escuchar historias al calor de la lumbre, como mi hermano. ¡Él sí que domina el arte de temblar cuando está oscuro, ojalá ser como él!
Un día mi padre me dijo:
—Ya eres mayor. Tu hermano se gana el pan con sus manos y con su cabeza. Y tú deberías aprender algo útil de una vez.
—Pues eso digo yo. Si el miedo es tan importante, yo quiero aprenderlo.
A los pocos días vino el sacristán a casa, y mi padre consiguió colocarme de ayudante del sacristán. Fue más o menos así:
—Yo no sé qué hacer con él, señor Sacristán. El pobre chico es un cero a la izquierda.
—¿No tiene interés por aprender algo?
—Sí, bueno… El muchacho quiere aprender lo que es el miedo.
—Pues si solo es eso, déjemelo a mí. Yo se lo enseñaré.
Mi padre aceptó.
Me fui con el sacristán, y durante varios días estuve ayudándole con cosas de la iglesia. Barría, cargaba, subía y bajaba escaleras… Todo bastante normal.
Hasta aquella noche.
Me despertó a medianoche y me dijo:
—Levántate. Vas a subir al campanario y tocar la campana.
Yo me vestí y fui. La noche estaba oscura, oscura.
Al subir la escalera de la torre, vi arriba una figura blanca, quieta del todo, plantada frente a la abertura.
—¿Quién anda ahí?
—¿Quién anda ahí? Si eres una persona decente, habla. Y si no, apártate, que tengo que pasar.
Ni una palabra. Ni un movimiento.
Entonces ya me molestó. Porque una cosa es ser callado, y otra muy distinta quedarse en medio de una escalera, estorbando a esas horas, vestido como una sábana mal colgada.
—Te lo voy a decir por última vez. O hablas, o te lanzo escaleras abajo.
Pero tampoco.
¡Pues si no quería moverse por las buenas, habría que ayudarle un poco!
Cogí carrerilla y le di un empujón.
La figura cayó por la escalera y fue a parar abajo del todo.
Yo toqué la campana, que era a lo que había subido, y luego me volví a la cama.
Dormí muy bien.
Hasta que la mujer del sacristán me despertó inquieta:
—No aparece mi marido, ¿sabes dónde podría estar?
—Eeh… pues había un extraño hombre oculto tras una sábana en la escalera. Como no se apartaba, he acabado por tirarlo escaleras abajo. ¡Espero que no fuera el señor Sacristán, lo sentiría mucho!
Ella fue a comprobarlo y… efectivamente era el sacristán.
Luego, hecha una furia, me arrastró con mi padre, y creo que dio por terminados mis servicios, fue algo así como:
—¡Quédese con el inútil de su hijo…! ¡Mi marido, con la edad que tiene! ¡La pierna rota, la cara amoratada…!
Luego mi padre me dijo:
—¿Pero qué has hecho?
—Nada malo, padre. Le avisé tres veces. ¿Cómo iba a adivinar que aquel sospechoso sujeto era el sacristán?
“De todas formas, ¿no crees que correspondería al sacristán decidir si sigo a su servicio o no…?”
—Haz lo que quieras. Ve a donde quieras, pero aquí no vuelvas. ¡Y no digas que soy tu padre!
Mi padre no se despidió con muchas palabras. Pero parece que quería que comenzara de nuevo, y que me hiciera un nombre propio sin contar con el suyo, ¡todo un reto!
Aquella mañana me dio unas pocas monedas y nos despedimos.
—¡Adiós padre!
Salí al camino mientras musitaba entre dientes:
—A ver si aprendo por fin lo que es el miedo.
Un rato después me oyó un hombre que iba por la misma vereda. Me señaló algo a lo lejos.
Era una horca.
De ella colgaban cuatro hombres balanceándose con el viento, como si no terminasen de ponerse de acuerdo en quedarse quietos.
El hombre dijo:
—Si pasas la noche ahí junto a los ahorcados, seguro que aprendes lo que es el miedo.
—¿Solo con eso?
—Solo con eso.
—Pues parece fácil. Si descubro por fin qué es el miedo y me pongo a temblar, te daré mis monedas.
Me senté bajo la horca al caer la tarde y encendí una buena fogata, porque el frío apretaba bastante.
Al principio todo fue tranquilo, pero cuando llegó la noche cerrada, empezó a soplar un aire helado.
Los de arriba se movían de un lado a otro, chocando entre ellos.
Yo levanté la vista y pensé:
“Si yo aquí abajo me estoy quedando tieso, esos pobres de arriba deben de estar mucho peor.”
Y como siempre me ha dado lástima ver a alguien pasar frío, arrimé una escalera, fui subiendo y los descolgué uno por uno.
Pesaban poco, la verdad. Eran hombres muy delgados. O quizá ya llevaban demasiado tiempo al aire.
Los senté alrededor del fuego para que se calentaran.
—Acercaos bien, que así entraréis en calor.
Pero se quedaron igual que antes.
Quietos.
—Bueno… ¿Y cómo habéis acabado tan colgados? Eso es algo que tenemos en común.
Eran muy callados.
—¡Eh! Os estáis quemando la ropa, apartaos un poco.
Ni caso.
—Mira que os lo estoy diciendo por vuestro bien.
Y como no me parecía razonable arder yo también por culpa de cuatro hombres que no sabían ni sentarse junto al fuego, los volví a subir a la horca, uno por uno.
Después me senté otra vez junto a la lumbre y me dormí.
Por la mañana volvió el hombre.
—Bueno, ¿ya sabes lo que es el miedo?
—Pues no. Los que están arriba no me han explicado nada. [Whispering] Y, entre nosotros, eran algo curiosos.
El hombre se quedó mirándome como si no acabara de creerme. Luego se fue sin decir mucho más, decepcionado por no conseguir las monedas.
Yo seguí caminando.
Y seguí preguntándome:
—¿Qué será eso del miedo?
Más adelante me encontré con un carretero, que me recogió en el camino. Me preguntó:
—¿Quién eres?
—No lo sé.
—Bueno, ¿y de dónde vienes?
—No lo sé.
—¿Al menos, sabes quién es tu padre?
—Eso no puedo decirlo.
“Solo puedo decirte que quiero aprender qué es el miedo, pero nadie puede enseñármelo.”
—Pues ven conmigo. Tal vez encontremos dónde enseñártelo.
Llegamos esa noche a una posada. Al entrar, yo volví a decir lo de siempre, casi sin pensarlo:
—A ver si alguien me enseña de una vez lo que es el miedo.
El posadero me oyó, dejó la jarra que estaba secando, miró a un lado y a otro y dijo en voz baja:
—Si es eso lo que quieres, quizá haya un lugar apropiado.
—Le escucho.
—Pues verás, no queda lejos de aquí un terrible castillo que…
—Ni se te ocurra.
Dijo de pronto su mujer, que estaba cerca.
—Más de uno ha entrado allí por curiosidad y no ha salido.
—¿Dónde? ¡Necesito saber qué es el miedo, por favor!
—El chico quiere saber qué es el miedo, mujer…
—Haz como quieras, pero cuando sea otro más que no vuelve de ese horrible lugar…
Y se marchó a toda prisa, creo que no quería escucharlo.
—Como te decía hay un castillo encantado no muy lejos de aquí, y quien logre pasar en él tres noches podrá quedarse con grandes riquezas.
"Además, el rey ha prometido casar a su hija con quien se atreva y pase las tres noches."
"Han ido muchos. Ninguno volvió."
A la mañana siguiente fui a ver al rey.
—Si se me permitiera, me gustaría velar tres noches en el castillo encantado.
El rey me contestó:
—Puedes pasar tres noches allí. Y puedes pedir tres cosas para acompañarte, siempre que no sean seres vivos.
—Quiero fuego, un torno y un banco de carpintero con cuchillo.
Esa misma tarde me llevaron todo.
Cuando cayó la noche, entré en una sala grande, encendí el fuego, coloqué el banco cerca y me senté.
Al principio parecía todo tranquilo. Pero luego el castillo se llenó de ecos de chirridos de puertas lejanas, de chasquidos que no sabía de dónde venían...
Había pasos donde no se veía a nadie, golpes extraños y un aire húmedo que no parecía venir solo de las paredes.
¿Y creéis que entonces aprendí lo que es el miedo?
Pues no… Aquella vez tampoco.
Hacia medianoche, mientras avivaba el fuego, oí una voz desde un rincón:
—Miau… qué frío tenemos…
—Pues acercaos al fuego, si tenéis frío.
Entonces salieron dos gatos negros, grandes como perros pequeños, con unos ojos que parecían brasas. Vinieron despacio, se sentaron a mis lados y se me quedaron mirando.
—¿Jugamos una partida de cartas?
—Bueno. Pero antes enseñadme las patas.
Los dos alargaron las garras.
Tenían unas uñas larguísimas, curvas y poco amistosas.
—Así no se puede jugar. Lo primero es arreglaros esas manos.
Los agarré, los subí al banco de carpintero y les sujeté las patas, mientras maullaban enrabietados.
—Ajá, ya veo por dónde ibais.
No quise seguir con el juego, los cogí por el pescuezo y los arrojé por la ventana.
Pero apenas había vuelto al fuego cuando empezaron a salir más perros y gatos oscuros de todos los rincones, haciendo un ruido infernal y arrastrando cadenas encendidas.
Venían directos a apagarme el fuego.
Así que cogí el cuchillo y grité:
—¡Fuera de aquí!
Se armó un gran alboroto. Unos huyeron, otros no llegaron muy lejos. Cuando terminé, volví junto al fuego, soplé las brasas y me senté a descansar.
Debía de ser ya bastante tarde, porque los ojos se me cerraban solos. Miré alrededor buscando dónde echarme un rato y vi una cama grande en un rincón.
—Eso ya me gusta más.
Me acosté.
Y nada más taparme, la cama empezó a moverse.
Primero despacio.
Luego más rápido.
Después salió disparada por la habitación, cruzó puertas, golpeó paredes, subió, bajó, dio vueltas por el castillo como si le hubieran entrado ganas de correr mundo conmigo encima.
Al final volcó de golpe.
Salieron volando mantas y almohadas, y yo acabé en el suelo.
Me levanté, la miré y dije:
—Pues rueda tú sola, si tantas ganas tienes.
Me tumbé junto al fuego y dormí hasta la mañana.
Cuando llegó el rey y me vio allí tirado, debió de pensar que no estaba vivo. Pero en cuanto me oyó bostezar, dio un respingo.
—¿Sigues vivo?
—Eso parece
—¿Y qué tal la noche?
—Movida. Pero nada más.
Yo desayuné bien en la posada y allí hablé con el posadero.
—No esperaba volver a verte con vida. ¿Sabes ya lo que es el miedo?
—No, ¡espero descubrirlo en la segunda noche!
Esta empezó con mucho estruendo en la chimenea. Golpes, chirridos, arrastres… Primero cayó al suelo media persona. Lo digo así porque cayó exactamente media. Ni más ni menos.
—Te falta un buen pedazo amigo.
Al poco cayó la otra mitad, y las dos partes se juntaron. Después fueron apareciendo más hombres, si es que eran hombres. Traían huesos y calaveras y se pusieron a jugar a los bolos.
A mí me entró curiosidad.
—¿Puedo jugar yo también?
Pregunté.
—Si tienes dinero...
—Algo me queda.
Me dejaron entrar en la partida, pero las bolas no rodaban bien. Así que cogí unas calaveras y las arreglé un poco en el torno.
—Ahora sí, mucho mejor.
Jugamos un rato y perdí algunas monedas.
Cuando dieron las doce, desaparecieron todos de golpe.
—Bueno, gente rara hay en todas partes.
Y me fui a dormir.
A la mañana siguiente, el rey volvió a preguntarme:
—¿Has aprendido ya lo que es el miedo?
—Todavía no. Pero anoche jugué a los bolos, que tampoco está mal.
La tercera noche fui ya un poco fastidiado.
Encendí el fuego, me senté y dije en voz alta:
—A ver si esta noche sí.
Cuando ya era tarde, oí un ruido que se acercaba.
Luego entraron seis hombres cargando un ataúd.
Lo dejaron en medio de la sala y se fueron sin decir palabra.
Me acerqué. Levanté la tapa. Dentro había un hombre tendido, muy quieto, con la cara tan fría que casi dolía tocarla.
Le puse la mano en la mejilla y dije:
—Amigo, así no hay quien descanse a gusto.
Lo saqué del ataúd y lo senté junto al fuego. Le froté los brazos. Le calenté las manos. Pero seguía como si fuera de piedra.
Entonces pensé que, cuando alguien está helado, lo mejor es meterlo en la cama bien tapado.
Así que lo llevé conmigo, lo acosté y me tumbé a su lado para que cogiera calor.
Al rato, empezó a moverse.
Se incorporó despacio y de pronto dijo con una voz horrible:
—Ahora voy a estrangularte.
—¿Cómo? ¿Así me lo agradeces?
Lo levanté, lo volví a meter en su caja y cerré la tapa.
—Ahí estarás mejor hasta que aprendas modales.
Entonces volvieron los seis hombres y se lo llevaron.
—¿Es que no hay nadie aquí que pueda enseñarme qué es el miedo?
Entonces entró un hombre enorme, viejo, con una barba blanca larguísima y una voz que retumbaba como si hablara desde dentro de un pozo.
—Ahora sí. Ahora aprenderás lo que es el miedo.
—Eso dicen todos, pero nunca se cumple.
—¡Acabaré contigo!
—No tan deprisa. Si este es mi final, algo tendré que opinar yo también.
—Esta es tu última noche.
—No estés tan convencido, que tan fuerte como tú soy yo, y quizá más.
— Si eres más fuerte que yo, te dejaré marchar. Ven, vamos a probar.
Me llevó por corredores oscuros hasta una fragua.
Allí levantó un hacha y, de un golpe, hundió un yunque en el suelo.
—A ver si puedes hacer tú algo parecido.
—Voy a probar.
Me acerqué al otro yunque. Él vino a mirar de cerca, y su barba se quedó colgando por delante.
Entonces alcé el hacha, partí el yunque de un golpe y dejé atrapada dentro su barba.
—¡No!
—Ahora te tengo yo.
Cogí una barra de hierro y empecé a darle su merecido.
Él gimió, suplicó y prometió riquezas si lo soltaba.
No parecía el más valiente del castillo, la verdad.
Al final me llevó a un sótano donde había tres cofres llenos de oro.
—Uno para los pobres, otro para el rey y otro para ti.
En cuanto terminó de hablar, dieron las doce y desapareció.
Me quedé a oscuras.
Palpé la pared, encontré el camino de vuelta y dormí junto al fuego hasta el amanecer.
Por la mañana vino el rey por última vez.
—Ahora sí sabrás lo que es el miedo.
—No sabría decir. He visto muchas cosas raras, eso sí.
El rey se me quedó mirando sorprendido.
—Bueno, has roto el encantamiento del castillo. Como prometí, te casarás con mi hija.
—Eso está muy bien. Pero nadie me ha enseñado todavía qué es el miedo, ni cómo se hace eso de temblar…
La princesa era hermosa, amable y muy lista. Nos casamos con gran fiesta, subieron los cofres y repartieron el oro.
Ella me enseñó muchas cosas, pero no qué era el miedo, ni qué era eso de temblar.
—Si al menos supiera lo que es el miedo…
La princesa acabó cansándose de oírlo. Una noche habló con su doncella, y entre las dos pensaron en darme una lección.
Dormía tranquilamente cuando noté de golpe un frío espantoso.
Me habían tirado un cubo de agua helada lleno de pececillos que saltaban y se agitaban por todo mi cuerpo.
¡Por fin sabía lo que era el miedo!
Y esto es todo, de momento.
Hasta el Próximo Cuento.
