Jack y las habichuelas mágicas

Jack y las habichuelas mágicas

Jack vive con su madre y su vieja vaca Daisy, su único sustento. Pero cuando se ven obligados a venderla, un misterioso encuentro cambia su destino: a cambio de la vaca, Jack recibe unas habichuelas mágicas que crecerán hasta el cielo. Allí le espera una aventura llena de misterio, peligro y valentía, en la que descubrirá que, a veces, los actos más inesperados pueden cambiarlo todo.

Muestra gratuita · Sin registro

Escucha un fragmento0:00 0:45

Adaptación de Volpi del cuento clásico. · Audio completo: 9 min aprox.

Jack y las habichuelas mágicas

Érase una vez un niño llamado Jack, que vivía con su madre en una casita pequeña. No tenían casi nada, solo una vaca llamada Daisy a la que cuidaban con mimo.

Cada mañana les daba leche con la que, después, sacaban unas monedas en el mercado. Así fue durante un tiempo, siempre igual: ordeñar, caminar, vender y volver a casa.

Pero una mañana, Daisy no dio ni una gota.

La madre de Jack suspiró, miró la despensa vacía y dijo:

—Daisy ya está vieja. Hoy tendrás que llevarla al mercado y venderla.

A Jack le dio mucha pena oír aquello, porque le tenía cariño a Daisy. Con el corazón encogido, le puso una cuerda al cuello y salió con ella por el camino.

No había avanzado mucho cuando se encontró con un anciano de aspecto extraño, de esos que parecen conocer más de lo que dicen.

—¿Adónde vas, muchacho?

—Al mercado. Tengo que vender la vaca

—respondió Jack.

—No hace falta que llegues tan lejos. Te la cambio por esto.

El anciano abrió la mano y le enseñó cinco habichuelas.

—Eso no vale una vaca, y menos esta.

—Son habichuelas mágicas.

Para Jack eso lo cambiaba todo. Aun así, era un poco extraño todo aquello. Pero… ¡Qué demonios! Aquel anciano tenía bastón, y hablaba como quien sabe.

Entregó a Daisy, guardó las habichuelas y corrió a casa emocionado.

—¡Madre! Adivina qué me han dado por Daisy.

—¿Cinco libras? ¿Diez? ¿Quince?

—¡Cinco judías mágicas!

—¡Jack! ¿Cómo vamos a cenar eso? No existen las habichuelas mágicas.

Entonces las agarró y las tiró por la ventana.

Aquella noche se fueron a la cama sin cenar.

Al día siguiente, al despertar, la habitación estaba más oscura que de costumbre.

Jack se asomó a la ventana y se quedó sin palabras:

Una planta enorme, gruesa y verde subía por delante de la casa y se perdía dentro de las nubes. Nacía del suelo, justo donde habían caído las habichuelas.

—¿Ah, que no existe la magia?

Y sin pensarlo demasiado, salió por la ventana y empezó a trepar.

Subió durante largo rato, atravesó las nubes, el aire cambió, y por fin, sus manos tocaron tierra firme.

Allí arriba todo parecía distinto: el viento era frío y el silencio tenía un peso raro.

A lo lejos vio una casa tan grande que parecía un castillo. Como tenía hambre, se acercó a pedir un poco de comida.

Llamó a la puerta, y la abrió una mujer altísima.

—Señora… ¿podría darme algo de comer?

La mujer le miró de arriba abajo y, tras un momento, le hizo una seña para que entrara.

—Te daré pan y queso, pero date prisa. Mi marido es un gigante, y no hay nada que disfrute más en el desayuno que los niños

Jack asintió, y comió deprisa.

Sin embargo, antes de terminar, el suelo empezó a temblar.

La mujer palideció.

—¡Es él! ¡Escóndete!

Y lo metió dentro del horno, sin darle tiempo a protestar.

La puerta se abrió de golpe y entró el gigante, enorme, con una voz que parecía salir de una cueva. Olfateó el aire, se detuvo y dijo, despacio:

—Fi, fa, fo, fum.

Huelo el miedo de un muchacho.

“Sea listo o bobo, lo devoro sin empacho.”

—Será el viento, cariño. Hoy el viento trae olores raros.

El gigante se sentó a la mesa.

—Tráeme mi oro.

La mujer sacó una bolsa llena de monedas. El gigante empezó a contarlas, una tras otra, y el sonido del oro llenó la estancia.

A los pocos minutos, los ojos se le cerraron, la cabeza le cayó hacia delante y se durmió roncando.

Jack salió del horno con el cuidado de quien pisa sobre hielo. Cogió la bolsa, se la apretó contra el pecho y corrió hacia la planta.

Bajó como pudo, sin mirar atrás, y cuando llegó al suelo, por fin respiró de verdad.

Durante un tiempo, Jack y su madre vivieron mejor, porque el oro alcanzaba para pan, para sopa y para días menos duros.

Intentaron que el oro les durase, pero pronto se acabó.

Jack miró hacia arriba.

La planta seguía allí, como si le estuviera llamando.

Así que volvió a subir.

La casa seguía igual de grande, y la mujer volvió a abrir la puerta. Esta vez, al verle, negó con la cabeza.

—No deberías estar aquí otra vez.

—Solo necesito un poco de comida, por favor.

Ella suspiró y le dejó pasar, y de nuevo le dio pan y queso. Apenas hubo terminado, otra vez el suelo volvió a temblar.

Otra vez el horno. Otra vez el silencio.

Entró el gigante, olfateó el aire y dijo:

—Fi, fa, fo, fum.

Huelo el miedo de un muchacho.

Sea listo o bobo, lo devoro sin empacho.

—Te lo imaginas, cariño. Debe de ser la chimenea.

—Tráeme mi gallina.

La mujer trajo una gallina negra, con los ojos vivos y atentos.

—Pon, gallinita mía.

Y la gallina puso un huevo de oro macizo, brillante como un pequeño sol en la mesa.

El gigante se recostó, orgulloso, y al poco rato volvió a dormirse.

Entonces Jack salió del horno, tomó la gallina con firmeza y se marchó sin hacer ruido.

Bajó por la planta y le enseñó a su madre la gallina.

—¡Mira!

"Pon, gallinita mía."

Pero la gallina no hizo nada.

—Hmm qué raro... El gigante lo hacía así.

—A ver, déjame a mí. ¡PON!

En ese momento la Gallina puso un huevo de oro macizo.

A partir de entonces, Jack y su madre vivieron muy bien.

Sin embargo, Jack seguía mirando hacia arriba. Había algo en aquella casa enorme, algo que tiraba de él como una cuerda invisible. Y por eso, cuando pasó el tiempo, volvió a subir por tercera vez.

Esta vez entró con más cuidado y, en lugar de llamar, se escondió en un armario oscuro.

Al poco rato oyó la puerta retumbar y sintió el suelo vibrar bajo sus pies.

El gigante entró, olfateó y dijo, más lento:

—Fi, fa, fo, fum.

Huelo el miedo de un muchacho.

Sea listo o bobo, lo devoro sin empacho.

—Será ese chico. El que te robó el oro y la gallina. Mira en el horno.

El gigante fue al horno, lo abrió y no vio nada. Por un instante pareció dudar, hasta que golpeó la mesa de nuevo.

—¡Tráeme mi arpa!

La mujer sacó un arpa de oro, preciosa, delicada como una joya. El gigante sonrió.

—¡Canta!

El arpa empezó a tocar una música suave, tan suave que parecía que el aire se dormía con ella. El gigante, poco a poco, cerró los ojos, bajó la cabeza y cayó en un sueño pesado.

Jack salió del armario, agarró el arpa y echó a correr. Pero el arpa, de repente, gritó:

—¡Amo! ¡Amo!

—Shhh ¡calla!

El gigante se despertó como si le hubieran echado agua fría. Rugió y se lanzó tras Jack.

Jack llegó a la planta, empezó a bajar a toda prisa y oyó al gigante bajando detrás, con pasos que sonaban como truenos.

Cuando Jack tocó el suelo, no se detuvo: corrió al cobertizo, agarró un hacha y volvió a la base de la planta.

Golpeó con fuerza.

Una vez.

Dos.

Tres.

La planta crujió, tembló y se partió.

El gigante cayó desde lo alto, y murió.

Y así vivieron desde entonces, con oro suficiente y con tranquilidad en casa por fin.

Y esto es todo, de momento.

Hasta el Próximo Cuento.

Autor/a