La Sirenita. Capítulo 1

La Sirenita. Capítulo 1

En las profundidades del mar, la Sirenita espera con ilusión el día en que podrá visitar la superficie. En su primer viaje descubre un barco, conoce a un joven príncipe y se enfrenta a una tormenta que cambiará sus vidas para siempre.

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Adaptación de Volpi del cuento clásico. · Audio completo: 10 min aprox.

Hace mucho tiempo, las olas susurraron un relato que viajó de puerto en puerto, cambiando cada vez que era contado. Entre canciones y murmullos, su verdad se fue perdiendo en la espuma del mar.

Tal vez tú hayas escuchado una de esas versiones, adornada con fantasía y olvido…

Hoy voy a contarte cómo fue en realidad la historia… de la Sirenita.

Las aguas de alta mar son azules como los pétalos de un lirio, y tan profundas que habría que apilar muchas torres de iglesia, una encima de otra, para tocar el fondo.

Allí vive la gente del mar.

No solo hay arena blanca; también crecen árboles y plantas marinas que se mecen con las corrientes; peces de todos los tamaños nadan entre sus ramas como pajarillos en el aire.

En lo más hondo se alza el palacio del rey del mar, viudo desde hace años: torres en espiral que se elevan como pétalos gigantes y un techo ondulante que parece respirar con la corriente.

—A ver, niñas, enseñadme vuestro jardín.

Tres princesas llevaron a su abuela al jardín del palacio. Eran sirenas, de modo que sus piernas terminaban en una cola de pez, y no en pies.

El jardín era un lugar solo para ellas, y cada una tenía un rincón arreglado a su gusto.

La mayor había dibujado en la arena una ballena; la segunda, una sirena. Ambos estaban decorados con restos de naufragios: un timón, una vela, una taza.

—Y tú, pequeña, ¿qué has hecho?

Preguntó la abuela a la Sirenita más pequeña.

—El mío es redondo, como el sol.

Y en el centro he puesto una escultura.

En su rincón, la Sirenita había trazado un círculo solar en la arena y, en medio, había colocado la figura de un joven tallada en piedra blanca.

—Qué escultura más bonita has encontrado.

—Me gustaría conocer la superficie, abuela.

—¡Y lo harás! Pero aún no es el momento. Cuando cumpláis dieciséis años, podréis subir y conocer las maravillas del mundo de arriba.

—¡Pero, abuela, yo soy la más pequeña, aún me queda mucho tiempo!

—Lo sé, pequeña, pero merecerá la pena esperar.

—Bueno, al menos cuéntanos qué hay ahí arriba.

—Pues veréis… el mundo de la superficie está lleno de montañas, bosques, castillos…

—¿Qué es un castillo, abuela?

La mayor de las hermanas cumplió la edad señalada y subió a la superficie.

Se asombró al descubrir una ciudad, con sus luces, sus campanarios y la vida de los hombres que la habitaban.

Luego remontó ríos para ver de cerca castillos y viñedos.

Oyó a los pájaros cantar y a los niños jugar.

Cuando se acercó a ellos, un perro la vio y empezó a ladrar; se asustó y se sumergió de nuevo.

La segunda subió al año siguiente y se maravilló con el cielo en llamas al atardecer, surcado por gaviotas en la lejanía.

De pronto, unos delfines saltaban del agua y volvían a sumergirse, mientras emitían un gracioso sonido. Luego emergieron ballenas y lanzaron grandes chorros de agua hacia el cielo.

Con el tiempo, a sus hermanas la superficie comenzó a parecerles indiferente, y preferían quedarse en el palacio de las profundidades.

Pero la Sirenita aún soñaba con subir y, por fin, cumplió la edad señalada.

Cuando asomó la cabeza, las nubes resplandecían en oro y rosa: el sol acababa de ponerse.

El aire era suave y fresco, y las aguas mecían un gran barco de tres mástiles que no quedaba muy lejos.

Empezaba a oscurecer, así que se acercó y escuchó música y canto.

La Sirenita nadó hasta la ventana del camarote y vio a mucha gente engalanada; pero quien más llamaba la atención era un joven príncipe de grandes ojos negros.

No tendría mucho más de dieciséis años: era su cumpleaños, y por eso se organizaba aquella fiesta.

Los marineros bailaban en cubierta y, cuando el príncipe salió, brindaron en su honor con gran júbilo.

De pronto, más de cien cohetes ascendieron rápidamente y estallaron en lo alto.

Eran fuegos artificiales que se reflejaron en el agua e iluminaron su rostro maravillado. Nunca había visto nada igual: soles que giraban, peces de fuego surcando el aire.

Pero una y otra vez su atención volvía al príncipe, tan galán y elegante. Estrechaba la mano a los suyos y compartía palabras cálidas y risas.

Así pasó el tiempo, ella meciéndose en el agua mientras la escena se iba apagando poco a poco hasta quedar oscura y silenciosa.

Entonces, la Sirenita percibió un rumor en el mar. El barco empezó a ganar velocidad, el oleaje creció y, a lo lejos, un relámpago encendió el cielo, revelando un mar de nubes que se acercaba.

El viento cambió bruscamente. La campana del barco dio sola un toque hueco.

—¡Rizad la mayor!

—gritó el contramaestre—

¡Arriad el foque! ¡Cerrad escotillas! ¡A la bomba de achique!

El agua se levantaba como negras montañas que parecían caer sobre el mástil; aun así, el navío subía y bajaba por ellas, manteniéndose a flote.

La proa trepaba las crestas de agua y luego caía con golpes sordos.

Hombres en fila pasaban cubos a la carrera; el agua volvía sobre sus pies y les robaba el equilibrio.

De pronto, el palo mayor se partió por la mitad.

—¡Cortad la driza! ¡Asegurad la botavara!

La Sirenita comprendió el peligro que corrían. Ella misma debía protegerse de las vigas y tablones que flotaban.

Una vela hecha jirones le cubrió la cara como una nube negra; la apartó con ambas manos y se hundió para esquivar una tabla que el oleaje empujaba hacia ella.

Apenas veía en la creciente oscuridad; solo los relámpagos le mostraban cuadros fugaces con cada golpe de luz: un marinero rezando con los nudillos blancos en la borda, otro atando a toda prisa un cabo.

—¡Hombre al agua por proa!

—¡No responde el timón!

En el barco, los hombres se aferraban a lo que podían, tratando de resistir los embates del mar. Buscó al príncipe una y otra vez en aquellas imágenes efímeras.

De pronto, lo encontró: miró su cara y le pareció que él la veía también.

En ese mismo instante, el barco volcó y se hundió irremediablemente.

Recordando que los hombres no pueden vivir bajo el agua, nadó hacia él. Vigas y tablones iban a la deriva y ella avanzó sin pensar en que podían aplastarla. Se sumergía y volvía a la superficie, buscando al joven.

Por fin lo vio entre las olas: se mantenía a flote a duras penas; sus brazos y piernas flaqueaban y sus ojos empezaban a cerrarse.

Dio un último impulso, llegó hasta él y lo sujetó antes de que se hundiera.

Sostuvo al joven, aún inconsciente, y dejó que las olas los empujaran a donde quisieran.

El sol salió rojo, devolviéndole el color al príncipe.

La Sirenita atisbó tierra firme: altas montañas azules con cumbres nevadas; al pie, vastos bosques verdes; y, frente a una pequeña bahía de arena blanca y fina, una iglesia o quizá un convento.

Al acercarse, vio un jardín con limoneros y naranjos y, ante la puerta, altas palmeras. Dejó al príncipe en la arena.

Por el jardín salieron muchachas jóvenes.

La Sirenita se alejó rápidamente y se escondió tras unas rocas.

No tardó en llegar una muchacha que llamó a más gente.

La Sirenita vio que el príncipe recobraba el sentido y sonreía a todos a su alrededor, pero no a ella. No sabía quién lo había salvado de la tempestad.

Apenada, se sumergió en el mar, rumbo al palacio de su padre.

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