La Sirenita. Capítulo 3

La Sirenita. Capítulo 3

Convertida en humana y cerca del príncipe, la Sirenita soporta su dolor en silencio mientras intenta ayudarlo. Pero cuando el corazón de él elige a otra persona, deberá tomar una decisión que determinará su verdadero destino.

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Adaptación de Volpi del cuento clásico. · Audio completo: 11 min aprox.

—No puedes hablar, mi querida compañera, pero cuando escuchas, veo tanta atención en tu mirada que parece que lo haces con toda tu alma.
El príncipe le hablaba a menudo de sus preocupaciones, y un día le dijo:
—¿Recuerdas aquel naufragio que sufrí y al que sobreviví milagrosamente? No perdí la vida, pero sí la de muchos hombres, y el barco real.
Ya no puedo hacer nada por mi tripulación, más que honrarlos reconstruyendo el barco que se me confió y que perdí.
Partiré mañana con algunos exploradores para encontrar la madera con la que estaba hecho, y quiero que me acompañes.
Se pusieron en marcha al día siguiente. Salieron cabalgando de la ciudad hacia los vastos bosques. La Sirenita llevaba un traje que el príncipe había pedido especialmente para ella.
Atravesaron bosques mientras las ramas verdes golpeaban sus hombros y los pajarillos cantaban. Ella siguió al príncipe por las altas montañas y siguieron el curso de caudalosos ríos.
Sus delicados pies le dolían, pero ella sonreía y espoleaba su caballo.
Sin embargo, se entristeció al ver la preocupación del príncipe.
—No estamos encontrando lo que buscamos.
¡El barco nunca podrá ser terminado sin esa madera tan especial!
Ella se desvivía por ayudarle y no verle así, pero no sabía cómo.
En ese momento, una voz resonó en su interior.
“¿Qué hace una sirenita en tierra, acompañada de humanos?”
Justo encima de ella había un gracioso ente flotando en el aire, nadie más parecía poder verlo.
“Sé que no puedes hablar, pero no te preocupes, escucho tus pensamientos."
"Soy un espíritu del viento, vago con mis hermanos haciendo el bien por el mundo.”
“Estoy ayudando a mi príncipe a reconstruir su barco. Lo perdió en una tormenta, y ahora necesita encontrar una madera muy especial para terminarlo.”
“Sé de qué madera hablas. Ven, sígueme, te diré dónde se encuentra.”
El espíritu salió volando y la Sirenita galopó en esa dirección.
—¡Eh! ¿Pequeña, a dónde vas?
El príncipe la siguió hasta un lago. Allí, la encontró señalando la superficie con firmeza.
Después de investigar, descubrieron que bajo sus aguas había una gran cantidad de roble marino, una madera que se había conservado tanto tiempo sumergida que había adquirido unas características únicas.
Así, volvieron al palacio y pudieron rehacer el barco real.
—Lo llamaré “Cineres Maris”.
Le dijo a la Sirenita mientras observaba orgulloso el magnífico navío.
Por las noches, la Sirenita aliviaba sus pies en las aguas frescas del mar.
Una de esas noches aparecieron sus hermanas, quienes le hablaron de la pena que tenían en casa por su partida.
Y otra, pudo ver a su abuela y a su padre a lo lejos, cuya corona brillaba en la lejanía del mar, pero no se atrevían a acercarse más.
Cada día el príncipe le era más querido, pero él no parecía pensar en casarse con ella.
—¡Cuánto me recuerdas a aquella chica que me salvó la vida en el naufragio! Si pudiera, me casaría con ella, y la celebración sería en el barco recién reconstruido.
Pero ella pertenece al templo, así que no será posible.
No sabía que era la Sirenita quien le había salvado. Pero el príncipe solo recordaba a aquella chica que había visto al despertar en la playa tras el naufragio, la que vivía en el convento.
—Mis padres desean que me case con la princesa del país vecino.
Aunque en el fondo saben que no lo haré si no quiero, y yo solo quiero a la chica del templo.
La Sirenita, aunque estaba triste porque no supiera que era ella quien lo salvó, estaba tranquila porque sabía que no quería a esa princesa.
Para cumplir con el deseo de sus padres, navegaron en el nuevo barco real, atravesando el mar hasta el país vecino para que el príncipe conociera a la princesa.
Amarraron en la agitadísima ciudad por la llegada del príncipe. En los muelles flameaban banderas; desde las torres, sonaban las trompetas.
El príncipe bajó a tierra y la multitud se abrió para dejar pasar al cortejo.
—¡Que se alce el honor del reino: Su Alteza Real, la princesa, hace su entrada!
La bella princesa apareció, y al verla, el príncipe se quedó sin aliento:
—¡Eres tú!
La Sirenita sintió como si el corazón se le cayera al suelo. Pero llorar, no podía.
La princesa del reino vecino era la misma joven del templo que había visto al despertar en la playa, después de la tormenta. Entonces, se encontraba en el templo estudiando y formándose.
Fueron bendecidos y el público vitoreó la inminente unión.
Se había preparado para la ceremonia con un sencillo vestido, y ahora esperaba la llegada de ambos, junto al resto de las cortes.
Solo podía pensar en que, tras todo aquello, el amanecer traería su final, convirtiéndose en espuma para siempre.
El sacerdote bendijo su unión a la luz tardía que se filtraba por las ventanas de la catedral. La pequeña Sirenita llevaba la cola del vestido de la novia.
Después, los recién casados subieron al Cineres Maris, el mismo que ella había ayudado a renacer.
Tronaron los cañones, todas las banderas ondearon, y en mitad de la cubierta levantaron una tienda donde dormiría la pareja.
Las velas se hinchaban por el viento y el barco se deslizaba suave, casi sin movimiento, sobre el mar claro.
Oscureció, encendieron los farolillos, tocaron música y todo el mundo bailó alegremente.
La Sirenita bailó también, tan espléndidamente como nunca lo había hecho.
Recordó entonces la primera vez que emergió del mar. Ya no parecía sentir el dolor en los pies; ahora solo sentía el mismo esplendor y alegría que aquella primera vez.
Y ahora, sería la última vez que vería a aquel por quien tanto había sufrido y bailado; a aquel por quien había abandonado su hogar y entregado su voz; a aquel que nunca llegaría a saber quién era ella realmente.
El aire fresco, el mar profundo, el cielo estrellado; la esperaba una noche eterna, sin pensamientos ni sueños, pues no tenía alma. Todo habría acabado para la Sirenita en unas horas.
A pesar de todo, sonreía y danzaba, con todo ello en el corazón.
Luego vino el silencio.
La Sirenita miraba el horizonte, esperando el primer rayo de luz, con el que terminaría su viaje.
Entonces surgieron del agua sus hermanas, pero su pelo no flotaba al viento: se lo habían cortado. Le explicaron que se lo habían dado a la bruja del mar a cambio de salvarla a ella.
La mayor tenía el cuchillo de la bruja. Si quería salvarse, debía clavárselo al príncipe en el corazón. Así volvería a ser sirena, y podría vivir sus trescientos años.
Pero debía darse prisa, pues el alba no tardaría en despuntar.
Le lanzaron el cuchillo…
…y ella lo recogió del suelo. Lo sostuvo temblando.
Con el corazón golpeando su pecho, se dirigió a la tienda donde dormían apaciblemente los recién casados.
En ese momento el cielo se empezó a teñir con las primeras luces, como gotas de sangre.
Apretó con fuerza el cuchillo y lo lanzó tan lejos como pudo, cayendo con un chapoteo al agua.
—Ya sale por fin el sol.
Los primeros rayos del sol la iluminaron y, poco después, pasaban a través de ella, pues se convirtió en espuma que se llevó el viento.
—Ah… ¡eres tú otra vez!
De pronto, la Sirenita se vio flotando por encima del barco. A su alrededor vio al espíritu del viento que la había ayudado a encontrar el roble marino, y a otros como él.
—Pero, ¿qué es lo que ha pasado?
—Ahora eres como nosotros. Las sirenas no tenéis alma y solo podéis ganarla a través del amor de un hombre; en cambio, los hijos e hijas del viento podemos ganarla a través de buenas acciones.
Durante trescientos años nos esforzamos en hacer el bien para conseguirla, y así poder llegar al reino de los cielos.
Tú has anhelado y soportado lo mismo que nosotros, y ahora tienes la misma oportunidad.
Nos dirigimos al sur, donde la peste asola a los hombres y mujeres que ahí habitan, ¿vienes?
La Sirenita miró el barco, donde todos la buscaban nerviosos. Bajó hasta ellos, besó la cabeza del príncipe y luego la de la princesa. Luego se elevó al cielo de nuevo.
La Sirenita alzó sus claros brazos hacia el sol, sintiendo por primera vez, lágrimas.
—¡Dentro de trescientos años entraremos en el reino de Dios!
Y esto es todo, de momento.
Hasta el próximo cuento.

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