La Sirenita. Capítulo 2

La Sirenita. Capítulo 2

Incapaz de olvidar al príncipe, la Sirenita encuentra su palacio y descubre que los humanos poseen un alma inmortal. Decidida a vivir junto a él, visita a la temible bruja del mar y acepta pagar un precio muy alto por convertirse en humana.

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Adaptación de Volpi del cuento clásico. · Audio completo: 10 min aprox.

Al amanecer, la Sirenita volvió a la bahía. La arena estaba lisa, solo había unas huellas de gaviota. Estaba desierta.
Esperó y el sol subió, pero nadie vino.
Regresó al palacio de nuevo y guardó su pena en silencio. Muchas veces hubiera querido derramar lágrimas, pero las sirenas no pueden llorar.
Así pasaron los días, hasta que no aguantó más y se lo contó a sus hermanas.
Estas la consolaron y le dijeron que la ayudarían a encontrarlo.
Nadaron pegadas a la costa, siguiendo acantilados y calas. Encontraron restos de barcos que las olas habían estrellado contra las implacables rocas.
Buscaron entre los hombres de las aldeas que salían a pescar, pero ninguno se parecía al joven príncipe.
Al caer la tarde llegaron a un puerto grande.
Más allá, sobre una lengua de piedra y jardines, se levantaba un edificio claro.
Era el palacio de los hombres.
La Sirenita miró largo rato, con el corazón lleno de esperanza.
Ya sabía hacia dónde debía nadar cada noche.
El palacio parecía hecho de luz: muros de piedra clara, arcos abiertos, escalinatas que bajaban casi hasta el agua.
Un canal estrecho se internaba desde el mar como un río tranquilo.
La Sirenita lo siguió, pegada a la sombra de los muelles.
En las barcas, los pescadores charlaban mientras remendaban velas.
—Nuestro príncipe es de buen corazón. Ayer pasó por el muelle y preguntó por Mateo, el herido de la tormenta.
—Así es él. Dicen que se salvó gracias a una muchacha del templo… Un milagro.
La Sirenita avanzó un poco más hacia arriba, llegando a una escalinata del palacio que llegaba hasta el agua. Caía la noche.
Desde allí veía un alto balcón, con barandilla de mármol y cortinas movidas por la brisa.
Justo entonces apareció el príncipe.
Él se quedó mirando, creyendo estar solo contemplando la luna.
Cuando encendieron faroles en el patio, la Sirenita se retiró despacio por el canal.
Sabía, por fin, dónde vivía él. Y que volvería.
Con el tiempo fue conociendo a los humanos y entendiendo sus diferencias. Poco a poco le fue inundando el deseo de ser uno de ellos y vivir junto al príncipe.
Una noche la Sirenita se sentó junto a su abuela, bajo el sauce rosado.
—Abuela… ¿los hombres viven para siempre?
—No, pequeña, los humanos también mueren. Viven una vida más corta que la nuestra, pero tienen un alma inmortal. Nosotras vivimos trescientos años. Luego, de nosotras solo queda espuma.
—¿Y ellos? ¿Qué pasa con su alma?
—Su vida es corta, pero su alma se eleva por encima de las nubes para descubrir un mundo celestial, como nosotros cuando descubrimos la superficie.
—Yo… quiero eso. Quiero un alma que no se apague y poder ir luego a ese mundo.
¡Daría mis trescientos años por ello!
—No pienses así, hija, nuestra vida es larga y buena.
—¿Así que nunca podré ir a ese mundo?
—Bueno… podría ser. Si un hombre te amara por encima de todo y un sacerdote bendijera vuestra unión, un alma se infundiría en ti; vivirías con la suya.
—¿Y si no…?
—Si él amara a otra y se uniera a ella, al salir el sol… serías espuma.
La Sirenita miró hacia arriba, donde el agua se volvía luz.
Y sin más palabras, la Sirenita tomó su decisión: iría a ver a la bruja del mar. Siempre la había temido, pero estaba decidida en su propósito.
Se alejó de los jardines y se adentró en una región oscura.
El agua estaba tibia y en el suelo no crecían ni flores ni algas.
De las grietas subían burbujeos que estallaban en la superficie.
Un bosque de pólipos marinos la recibió moviendo los brazos como algas vivas.
Se estiraron hacia ella, como queriendo alcanzarla sin éxito. Vio muchos restos de animales que habían perecido entre sus brazos.
Nadó entre sus sombras sin detenerse.
Más allá, el mar se volvía verde profundo.
Sobre la arena, restos de anclas y maderos de naufragio marcaban el camino. A los lados, dos enormes paredes de rocas afiladas crecían escoltando el sinuoso sendero.
Al final, las paredes de los lados se unían formando una hondonada protegida del oleaje.
Una tenebrosa cueva se abría en el muro. Flotando alto, se encontraba la bruja del mar, que parecía observarla.
La mitad de su cuerpo era etérea, como vapor negro que se desvanecía en el agua. Vestía un manto tan negro como su parte inferior, y su piel era tan pálida como la arena del suelo.
Comenzó a hablarle apenas sin levantar la voz, aunque la Sirenita la oía perfectamente a pesar de la distancia, como si retumbara su voz en todas partes:
—Sé lo que buscas, hija del mar. Quieres librarte de tu cola de pez, tener piernas humanas, y así poder enamorar al príncipe y tener un alma inmortal.
—Yo te las puedo dar. Seguirás siendo bella y conservarás tu andar flotante y gracioso, y nadie bailará como tú lo hagas.
—Sin embargo, cada vez que andes y bailes, sentirás como si mil cuchillos se clavaran en tus piernas.
—No… no importa. Estoy dispuesta a pagar lo que sea. Deseo tener un alma inmortal.
—¡Pero recuerda! Nunca podrás volver a ser sirena, y si no consigues el amor de ese hombre y llegas a ser mujer para él y él marido para ti, te convertirás en espuma de mar.
—Lo… lo acepto.
—Así sea. Pero a cambio de la poción que te hará humana habrás de pagarme con lo mejor que posees.
—Ninguna criatura de tierra o mar canta igual que tú; por eso, me entregarás tu voz.
—Pero si te doy mi voz, ¿qué me queda?
—Tu hermosa figura, tu paso flotante y tus ojos parlantes podrán cautivar el amor humano.
—¿Qué? ¿Ya no amas tanto a ese hombre?
—No te dolerá.
Se quedó unos instantes temblando sin saber qué hacer. Después, aceptó y entregó su voz a la bruja.
La bruja gesticuló con los brazos, y en las manos de la Sirenita, ahora muda, apareció un recipiente de cristal con un líquido transparente.
—Deberás sentarte en la playa y beberla antes del amanecer.
Cuando regresaba por el camino, los pólipos que justo antes la habían atemorizado ahora se apartaban, huyendo de lo que llevaba en las manos.
Aunque las ganas de convertirse en humana le apremiaban, no pudo evitar acercarse al palacio. Su padre, sus hermanas, su querida abuela… Cuánto los echaría de menos. Pero llorar, no podía.
Echó un último vistazo al palacio en la distancia, y se alejó nadando hacia la superficie.
Llegó a la misma escalinata de mármol que llegaba al agua desde la que vio al príncipe por primera vez. Allí, alzó la poción. Fuera del agua, el cristal estaba tan frío que casi parecía quemarle la mano.
Abrió el recipiente, y bebió del líquido, sintiendo como si el filo de una espada le partiera en dos su cola de pez.
Cuando abrió los ojos vio el cielo claro. Intentó incorporarse, pero sintió como si mil cuchillos le pincharan las plantas de los pies. Era lo que la bruja del mar le había advertido.
Aun así, sonrió.
—¿Quién eres?
Dijo una voz cercana. El príncipe la miraba con asombro.
Ella lo miró tristemente, no podía hablar.
—No temas. ¿Puedes ponerte en pie?
El príncipe la ayudó a ponerse en pie, y la llevó dentro de su palacio.
Allí la vistieron con las ropas más finas, y luego la llevaron al salón donde otros jóvenes se divertían, riéndose, cantando y bailando.
Sabía que su voz habría destacado sobre todas las demás, pero como no podía cantar, decidió bailar.
Su delicada belleza y su manera de bailar no pasaron inadvertidas para nadie, ni siquiera para el príncipe. Y aunque los pies le dolían como si danzara sobre cuchillos, no paró ni por un momento.
Todos quedaron encantados, el príncipe la llamó “su pequeño hallazgo”, y a partir de ese momento siempre la tuvo entre sus amistades más íntimas.

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