Rapunzel

Rapunzel

Cuando un joven príncipe amante de los libros es enviado a investigar una misteriosa torre, espera encontrar una criatura terrible. En cambio, conoce a Rapunzel, una muchacha curiosa que sueña con descubrir el mundo más allá de sus mapas. Su encuentro los llevará a desafiar a una temible bruja y a vivir una aventura guiada por el valor, la amistad y las estrellas.

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Adaptación de Volpi del cuento clásico. · Audio completo: 16 min aprox.

Rapunzel
Había una vez, en una antigua ciudad, la muchedumbre abarrotaba el patio del
castillo, alzando azadas y cucharones hacia el balcón donde estaba el rey.
—¡Majestad! ¡Tenemos hambre!
—¡Hay bandidos!
Mientras, arriba, el rey escuchaba sin atreverse a asomar la cabeza.
—Y yo qué quieren que haga. Siempre ha habido bandidos.
Salió al balcón y empezó a decir:
—Ejem… promulgaré una ley contra los bandidos que…
—¡Basta ya de penurias!
—¡Nuestras cosechas se han arruinado!
“Otra vez con lo mismo”, pensó, “¿realmente creen que yo tengo la culpa…
hmm…? Espera… ¡Ya lo tengo!”
—¡Es la torre sombría! —dijo, mientras señalaba en la lejanía una esbelta torre
que se recortaba en la distancia—. ¡Una vez más, la torre que se alza en las
inmediaciones de mi reino causa estragos en vuestras tierras!
El vulgo comenzó a murmurar entre sí:
—Es verdad, la torre es terrible.
—Nadie que haya ido ha vuelto. Por eso nadie se ha atrevido a ir.
—Además, siempre está ahí, igual que nuestros problemas. No puede ser una
coincidencia.
“La torre nunca falla”, pensó el rey, satisfecho.
—¡Haced algo con la torre!
—¡Sí, protegednos de la torre, majestad!
“¿Hacer algo? Vaya, esto es nuevo”, pensó, nervioso.
—¿Algo…? ¿Cómo qué…?
—¡Mandad un héroe!
—¡Sí, queremos un héroe!
“¿Un héroe? ¿Y de dónde demonios saco yo un héroe ahora?”
El rey se giró y vio a su joven hijo, que leía plácidamente. Rápidamente se acercó a
él y lo cogió de su delgado brazo.
—¿Sabes, hijo mío? —dijo, mientras arrastraba al confundido joven hacia el
balcón.
—Pero… padre, espera… —empezó a decir.
—Siempre he estado orgulloso de tu valía. Es hora de que la demuestres —dijo,
empujando a su hijo al balcón—. ¡He aquí vuestro campeón!
Un gran silencio inundó el patio, seguido de algunos murmullos. El joven se quedó
helado, como una gacela temblorosa frente a la multitud, apretando el libro que
estaba leyendo contra su pecho.
—El rey manda a su propio hijo —se empezó a decir entre la multitud—.
—¡El rey se preocupa por nosotros! ¡Larga vida al rey!
El público empezó a gritar de nuevo, pero esta vez de alegría.
El rey, desde el balcón, sonreía satisfecho.
—¡Bien hecho, hijo mío! Has tranquilizado al pueblo. Algún día serás un gran
dirigente.
El joven miraba, aún algo desconcertado, la misteriosa torre que, lejos de allí, se
alzaba tranquila y ajena a los acontecimientos de la ciudad.
No mucho después, el joven ensillaba su caballo para el inicio de su aventura,
hablándole como si le entendiera.
—Vaya, suerte que aproveché mis clases de geografía, conozco el camino como la
palma de mi mano.
El caballo resopló indiferente.
—Tienes razón, Platón. No sé nada.
Lo mejor será que me lleve estos libros de química y conocimientos naturales.
¡Seguro que me servirán en algún momento!
Y sin más, puso rumbo a lo desconocido.
Sin embargo, subido a su caballo, pronto descubrió lo diferente que era la
geografía real a la de sus libros.
—¿Este río siempre ha estado tan lleno? ¡Tardaré siglos en cruzarlo! —pensó al
subir a la barcaza que le llevaría al otro lado del “Río del raudo cauce”.
—Estas montañas desde el palacio parecían más pequeñas —dijo al subir por el
paso del “Viento alto”.
—¿Es que este bosque no se va a terminar nunca? ¡En el mapa no parecía tan
extenso! —se desesperaba al cruzar el bosque del “Verde profundo”.
Por fin emergió del bosque. Ante él, la imponente torre de piedra. Más allá de ella,
las tierras se volvían baldías y secas, como marcando el final del reino.
—Por fin… he… llegado… —dijo, tragando saliva.
—¿Desde aquí la torre es más alta, o es que ha crecido mientras venía?
Justo en ese momento vio que una persona encapuchada y envuelta en viejas
ropas se acercaba a la torre. Escondido entre los árboles, la oyó decir:
—Rapunzel, deja caer tu cabello.
Un larguísimo cabello dorado fue suavemente deslizándose en el aire, hasta llegar
a la base de la torre.
El extremo del rubio pelo quedó colgando justo al lado de la figura encapuchada.
Esta lo agarró y comenzó a escalar la torre por él.
Por fin llegó arriba del todo y se introdujo por una gran ventana que estaba abierta.
—Rapunzel… Hmm. ¿Qué clase de criatura puede tener un pelo tan largo, Platón?
—dijo a su caballo mientras rebuscaba entre sus libros—. ¿Un león? No,
demasiado corto. ¿Un terrible unicornio dorado? ¿Qué diantres haría un unicornio
ahí arriba? No tiene sentido. Debe de ser algún tipo de felino salvaje…
No tardó en deslizarse el pelo hasta abajo, y a su vez la figura encapuchada se
deslizó hasta el suelo. Esta se metió por otra parte del bosque y desapareció.
—¡Olvidé meter mi espada! —dijo, rebuscando entre sus bultos. Finalmente,
suspiró y dijo—: En fin, amigo mío, si no vuelvo sé que echarás de menos nuestros
diálogos —dijo a su caballo, que pastaba tranquilamente—. Allá vamos.
Respiró hondo y fue hacia la torre.
—Rapon… Rapunzel —dijo, leyendo una nota donde había apuntado el nombre.
Carraspeó y dijo con firmeza:
—Ejem. Rapunzel. Deja caer tu cabello.
El cabello cayó dándole en la cara. Con gran esfuerzo, comenzó a trepar por el
suave pelo.
Un rato después llegó hasta la ventana abierta. Sigilosamente se deslizó dentro,
blandiendo como arma lo único que había encontrado entre sus cosas: una
pluma.
El pelo se adentraba en una habitación sencilla, pero forrada en las paredes de
libros y mapas. Su rastro se perdía justo detrás de un vestidor.
Con el corazón a mil por hora fue siguiendo el pelo lentamente, armado
únicamente con su pluma.
A cada paso que daba, una gota de sudor caía por su frente, y el terrible animal
que se imaginaba se volvía más peligroso.
Cuando llegó al tocador, temblando de pies a cabeza, se lanzó tras de él.
—¡¡Muere, unicornio del mal!!
—¡Aahh! —gritó una joven que se sentaba delante de un tocador.
—¡Aahh! —gritó el joven príncipe.
—¡¿Pero qué hacéis?! —dijo la chica.
Enseguida el príncipe se dio cuenta de la situación e intentó recomponerse.
—Ejem… Yo, eh… venía a comprobar que estabais bien…
—¿Atacándome con una pluma?
—Sí… eh, quiero decir, ¡no! Quería comprobar el estado de la torre… No estoy muy
seguro de si cumple la normativa de edificación. Sí, el reglamento 12/98. Eso es, el
reglamento. Ejem. Venía a ver que la torre estuviera bien.
—¿Os manda la madrina?
—¿Quién?
—La madrina. Ella me cuida y cuida la torre. Bueno, y yo la ayudo. No puedo dejar
que nadie se acerque a ella. Nadie puede entrar sin nuestro permiso, NADIE —dijo
la chica, yendo hacia la ventana.
—¿Ah, sí? —dijo el joven, siguiéndola un poco confuso.
—Sí, vigilo día y noche. Es muy aburrido, ¿sabes? —añadió con pesadez mientras
cogía un gran libro y lo abría por una página al azar en un escritorio frente a la
ventana—. Me hace tomar nota de todo lo que pasa.
El príncipe leyó:
“Año 13, 9 de febrero. Un ciervo se ha resbalado en el barro.”
—Pero… ¿cuánto llevas aquí? —preguntó a la muchacha.
—Pues… desde siempre.
—¿Y nunca has salido?
—¿Salir? No puedo, tengo que vigilar la torre.
—¿No quieres ver lo que hay fuera?
—Pues… la madrina dice que desde aquí todo se ve mejor, pero… —suspiró, y
siguió diciendo—: Mira.
La joven lo cogió del brazo y lo arrastró frente a una pared. Estaba llena de
ilustraciones de las montañas, bosques…
Tenían muchos colores, y las dimensiones estaban desproporcionadas: había un
gran caballo sobre el que cabalgaban por lo menos veinte personas y tenía la
altura de un castillo.
—Vaya, es muy… bonito.
—Siempre he querido conocer el mundo tal y como es, y no solo desde los libros.
—¡Y mira arriba! —añadió Rapunzel, señalando hacia arriba.
El techo estaba completamente lleno de mapas estelares, pintados con gran
minuciosidad y maestría.
—Son las estrellas. La madrina no me pide que lo registre, lo hago porque quiero.
He leído que la gente las usa para guiarse.
—Guau —estaba realmente impresionado—.
—Van moviéndose según la época del año. Algún día las seguiré hasta los confines
del mundo.
El joven no sabía qué decir. Desde el principio solo había querido concluir su
misión y volver a sus manuales. Pero algo en aquella chica le conmovía por dentro.
—¿Por qué no vienes conmigo? El mundo es más emocionante ahí fuera.
—¿Salir… fuera…?
Justo en ese momento se escuchó una voz que venía de abajo.
—¡Rapunzel! ¡Deja caer tu pelo!
El joven vio la cara helada de Rapunzel y comprendió que no debía estar ahí.
—¡Rapunzel! —insistió la voz de abajo.
—¡Rápido, escóndete!
El chico se escondió detrás del tocador mientras Rapunzel dejaba caer su pelo
una vez más.
—¿Por qué has tardado tanto, hija mía? —oyó decir el joven desde su escondite.
—Perdona, madrina… estaba terminando de escribir algunas anotaciones del día
de hoy.
La madrina comenzó a pasearse lentamente por la habitación.
—Hmmm… ¿han ocurrido muchas cosas en el día de hoy?
El chico oía los pasos de la madrina cada vez más cerca.
—No… bueno… lo de siempre.
—¡¿A ti esto te parece lo de siempre?!
Una mano agarró al joven desde detrás del vestidor y lo sacó fuera.
—Vaya, vaya, pero ¿qué tenemos aquí?
—¡No le hagas daño! —suplicó Rapunzel—. Ha sido mi culpa, él no ha hecho
nada.
—Claro que ha hecho algo, ha entrado en esta torre como un ladrón sin ser
invitado.
—¡Oiga señora…! —comenzó a decir el chico, intentando soltarse.
—¡Te he dicho mil veces que la gente del exterior es malvada y peligrosa! —le dijo a
Rapunzel—. ¿Te gustan las vistas? ¡Pues olvídate de ellas! Me aseguraré de que
nadie vuelva a visitarte jamás. ¡Y tú, ahora verás!
La bruja arrastró del brazo al joven hasta la ventana. Le arrojó por la ventana con
gran fuerza. Rapunzel gritó mientras el muchacho se precipitaba al vacío.
Sin embargo, milagrosamente consiguió aferrarse al pelo de la chica, que aún
seguía colgando.
—Uf, por los pelos —se dijo, aún conmocionado.
Sin embargo, notó una ligera vibración en el pelo rubio de Rapunzel. Arriba, la
bruja, con un cuchillo, se afanaba en cortar el cabello de la muchacha, mientras lo
miraba con una sonrisa perversa.
—Oh no, no, no. ¡Esta señora está loca!
Comenzó a bajar lo más rápido que pudo mientras caían los cabellos que la bruja
cortaba y se hacía más delgada la improvisada cuerda.
Finalmente, terminó de cortar el cabello con un último y decidido movimiento de
cuchillo. El joven cayó, sin embargo, ya casi estaba en el suelo.
Echó a correr lo más rápido que pudo, hasta llegar a los primeros árboles del
bosque, donde estaba su caballo.
—¡Rápido, Platón! ¡Es una bruja! ¡Y tiene a esa pobre muchacha…! Tengo que
volver al palacio, averiguaré la manera de derrotarla.
El joven príncipe recorrió al galope el camino de vuelta a la ciudad, consternado
por la situación de Rapunzel.
Entró raudo por las puertas del castillo al amparo de la noche. Después, una vez
en palacio, accedió a la biblioteca y allí buscó en todos los libros que pudo.
Sin embargo, no encontraba nada y, finalmente, se dio por vencido.
Despertó al día siguiente en el suelo, apoyado en una estantería y con un libro
encima. Su padre lo miraba radiante.
—¡Vaya, hijo mío! ¡Estás aquí, lo has logrado! Habrá que comunicarlo al pueblo, es
una gran noticia.
—¿Eh? No, padre, había una bruja… ¡hay que derrotarla!
—¡Has derrotado a una bruja! ¡Qué gran gesta! Lo comunicaremos al populacho,
le encantan estas historias: ¡el rey y su hijo, cazadores de brujas!
—¡Pero padre…!
El rey salió de la biblioteca exultante.
El príncipe se levantó decidido, fue a las cuadras, ensilló a su caballo Platón y
partió rumbo a la torre. Tras el largo camino, llegó de nuevo a la torre.
—¡Rapunzel! —gritó. Pero nadie respondió. Desolado, se dio cuenta de que la
bruja se la había llevado a otra parte.
—Pero, ¿a dónde?
De pronto recordó las palabras de la bruja:
“Me aseguraré de que nadie vuelva a visitarte jamás.”
En ese momento puso su mirada en las tierras baldías que se abrían tras la torre.
—Claro. A esas tierras desérticas no va nadie, la bruja la habrá llevado allí.
Sin pensarlo mucho más, espoleó a Platón y se internó en ellas, dejando atrás el
bosque y la torre.
El joven pasó mucho tiempo vagando en aquel inhóspito lugar. Aquellas vastas
tierras parecían no acabar nunca, por lo que empezó a realizar mapas de toda la
región.
Recorrió montañas, valles y oscuras cuevas, y habló con los pocos nómadas que
encontró.
—¿Una muchacha rubia llamada Rapunzel? No me suena, lo siento, amigo.
Sin embargo, no se dio por vencido.
Un día, al atardecer, vio la silueta de una cabaña que se recortaba en el horizonte.
Al acercarse más, pudo ver la figura de una chica sentada junto a ella, mirando por
un telescopio a las estrellas.
Era Rapunzel.
Y eso es todo, de momento.
Hasta el próximo cuento.

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